EXPERIENCIA DE ANA
Conozco a Víctor desde hace más de tres años y ya me había hablado de la labor que realizaban con Hombre Nuevo Tierra Nueva en Cuba.
En enero, planeaba un viaje a Cuba con mis compañeros de clase, y Víctor me pidió que les llevásemos material para la ONG.
Entonces me interesé por el tema y me habló de nuevo de los apadrinamientos, y de cómo les hacían llegar las ayudas a las familias apadrinadas.
Me pareció una buena forma y al saber que podría conocer en persona a mi ahijado/a si viajaba a la isla, fue cuando me decidí a apadrinar.
Enseguida Víctor me entregó una foto de mi ahijada, Yaimé, con sus datos personales y su situación familiar y social, junto con una carta que dirigía a sus padrinos, por entonces la O.N.G. Me hizo mucha ilusión ponerle cara y saber que pronto podría verla en persona. Al llegar a La Habana, tres meses después, el Hno. Joel, coordinador allí, vino al hotel a recoger el material que llevábamos, y cuál fue mi sorpresa al ver que venía con Yaimé.
Al principio ella estaba muy callada, supongo que algo confundida también por la situación, y recibió sus regalos con cara de asombro pero sin decir palabra. Luego pude comprobar que la habían gustado pues enseguida se puso unos pendientes, la cinta del pelo y se rocío con la colonia. Decidimos que pasaría el día conmigo y mis compañeros paseando por la ciudad. Y fue entonces cuando empecé a ver la realidad de Cuba.
Quisimos ir en una visita guiada por La Habana, pero no nos permitían llevarla con nosotros por ser cubana: era una excursión sólo para turistas. Fue un golpe muy duro, que hasta el de la agencia, también cubano, nos lo dio con lágrimas en los ojos. Así que cogimos un minibús para los diez (mis ocho compañeros, Yaimé y yo), y nos fuimos a visitar la ciudad por nuestra cuenta.
Ella poco a poco se aprendió los nombres de todos y empezó a ir del brazo de cada uno por las calles dándonos conversación y enseñándonos cuánto sabía de lo que íbamos viendo. Nos hicimos fotos con ella en cada monumento y disfrutamos viéndola comer un plato enorme de arroz y pollo.
Al llegar la tarde, teníamos que llevarla a casa y preferimos hacerlo andando a pesar de que su barrio quedaba bastante lejos del centro. Tras hora y media de caminata por calles de pobreza, que no hubiésemos conocido de otra forma, todos coincidíamos en que había sido la mejor parte del día, pues vimos la auténtica vida de los cubanos más pobres de La Habana, y no sólo el disfraz de lo bonito del centro. Llegamos a su casa donde nos esperaba su abuela. Eran unos treinta metros cuadrados con una sola cama para Yaimé, y un sofá para la abuela. El baño no tenía ducha, sólo lavabo y w.c., y la cocina era diminuta. Pero al menos tenían para comer. Estuvimos allí un rato viendo fotos de su madre de joven, ahora enferma de Sida e internada en un hospital, y de Yaimé y su abuela y otros familiares. Fue una gran visita.
Nos despedimos con la esperanza de volvernos a ver y la promesa de mantener el contacto.
Fue un día genial que no podré olvidar.
Real mente espero que Yaimé supere todas las dificultades y pueda vivir una vida feliz y realizarse como persona en lo que más la guste. Cuba es un lugar precioso con tanto que ver y que conocer que realmente merece la pena viajar allí. Además, si ya tienes un ahijado/a la experiencia es mil veces más gratificante.
Desde aquí quiero animar a otras personas a que apadrinen a una familia. Cuesta muy poco y obtienes mucho a cambio, sin hablar de lo que para ellos supone tanto económica, como psicológicamente. Si alguna vez te lo has planteado, no esperes más y hazlo, no te arrepentirás.
ANA
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