posted by Guillermo Ferrer on dic 21

Regresó después de varios años. Aprovechó una visita de trabajo en una ciudad cercana para encontrarse con sus padres. Retornaba a lugares que lentamente había olvidado y que permanecían ocultos en algún lugar de su mente. Los viejos reprochaban su ausencia, pero comprendían el deseo de su hija de pertenecer a un mundo maravilloso que se encontraba más allá del cercado que atrapaba la casa.

El taxi la llevó fuera del aeropuerto y se sumergió en el intenso tráfico que se dirigía a la ciudad. Se mantuvo atenta, percibía las variaciones más pequeñas producidas en su ausencia.

Echaba de menos los paisajes escondidos en su memoria que la unían a una juventud cercana-sonrió feliz-Sorprendida, recordó detalles que creía olvidados por de la labor piadosa de los años.

El taxi tomó un atajo, la primavera había saturado de flores los árboles que la acompañaban en su regreso y las ramas parecían saludar el retorno de un viejo amigo al balancearse.

Bajó el vidrio de la ventanilla y se entregó al placer de la caricia del viento. El perfume de los tilos la envolvió. Sus tardes junto al río y los largos paseos mientras el sol acuarelaba el paisaje al hundirse en la lejanía vinieron con el aroma de las flores.

El hombre discretamente miró a la mujer. Esos ojos inmensos, expresivos, los labios sugerentes, mórbidos y los senos enormes que se anunciaban pese al discreto escote le alteraron el pulso. Tragó y la nuez de Adán hizo su recorrido mas rápido que de costumbre-debo prestar atención-pensó, con la imagen de la mujer girando alocadamente en su cabeza-debo concentrarme-y agitó el rostro fuertemente como hacia cada mañana al levantarse.

La mujer sonrío al ver la casa. El camino empedrado la anunciaba. Le gustaba el estilo Tudor que sus padres habían elegido Miró hacia la buhardilla. El viejo permitió convertirla en su refugio. Allí llevó sus cosas y sus sueños. Cada rincón atesoraba momentos inolvidables de su juventud. Tuvo su primer amor, se hizo mujer y lloró su primer desengaño. Se detuvieron lejos de la casa, no deseaba anunciarse con el ruido del auto. Dejó el equipaje junto al cercado y tomó el pequeño camino que la bordeaba. El hombre esperó hasta que la figura de la mujer desapareció entre los arbustos-suspiró-la despidió en silencio y continúo en busca de nuevas fantasías.

Caminó por el sendero que bordeaba la casa y al igual que en su infancia se dirigió a la cocina para observar a su madre. Despacio miró a través de la ventana, la vieja amasaba atareada y silenciosa. De pronto, como si recibiera una fuerte señal levantó los ojos y las miradas de las mujeres se encontraron, corrieron a abrazarse y dejaron que sus corazones hablaran y cantaran su alegría, el viejo suavemente les acarició el cabello. Conversaron y se contaron sus historias el resto del día. Marcela llenaba los ojos con la casa y sus pulmones con los aromas de la infancia.

Durante mucho tiempo los viejos escucharon los sonidos de añoranza. Un día sus corazones latieron con ella y fueron compañeros en la espera. La casa, también la perdonó.

Muy tarde se despidió, lentamente subió a la buhardilla y abrió la puerta al reino donde se guardaban sus fantasías. El viejo tablero con sus pinceles y los potes de pintura esperaban como si fuese ayer su última caricia. Revisó los cajones, antiguos bocetos y papeles olvidados guardaban historias diferentes. Abrió las ventanas y acarició las viejas muñecas casi olvidadas. Se desvistió y se dejó caer en la pequeña cama. Quedó dormida con el sonido alegre de las hojas y con la mirada atenta de la casa guardando su reposo.

Los pinceles susurraron su nombre y aquel mundo inanimado cobró vida. Las muñecas miraron a la mujer y abundantes lágrimas celebrando el regreso humedecieron sus mejillas. Las ventanas se agitaron con el llanto y un fuerte golpe la despertó. Se levantó y desde el alfeizar miró la vida nocturna que bullía en el jardín. Cansada, las cerró, tomó las muñecas como en su niñez y lentamente se fue a la cama donde durmió con sus recuerdos. Había terminado la espera, la casa como una madre, ya tranquila, la abrazó.

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