posted by Guillermo Ferrer on jun 27
Se levantaron muy temprano en la mañana, quizás demasiado. Las luces se encendieron y el grito repetido: -“¡Deee pieeee!”- por los jefes de brigadas sacudieron las altas paredes del galpón que albergaba a los futuros oficiales.

El ruido de los jóvenes moviéndose en las desvencijadas literas lleno el lugar. El agrio olor de la ropa sucia, el calzado húmedo y los gases acumulados durante la noche cargaban la atmósfera, convirtiéndola en algo pesado y desagradable. Algunas ventanas se entornaron pero el aire frío que traía la ventisca obligo a cerrarlas nuevamente.
Las fuertes voces de los oficiales apuraban a la tropa, era un castigo insoportable a los oídos de los somnolientos aspirantes. “Tenían que apurarse”, asearse, vestirse y arreglar la cama iniciaba un largo día colmado de agotador trabajo.
El alférez Cuenca caminaba lentamente por los pasillos, presionando a los jóvenes con su presencia. Su porte no era el acostumbrado para los oficiales del arma, gordo, medio torpe, moviendo la panza al caminar y con un lápiz cruzado en su sombrero ofrecía una cómica imagen. Pensaban si un nativo imaginario tomo la cabeza del gordo como blanco de su puntería, la madera en la penumbra semejaba la flecha perdida de una batalla ignorada.
El frió atormentaba, el agua helada de los tanques limpiaba sus caras y ahuyentaba la modorra, humedecían las cabezas peladas a rape y con cepillos desgastados por el uso excesivo y llenos de bicarbonato por la falta de dentífrico eliminaban el fuerte aliento de la mañana.
La ropa sucia de tantos días, saturada de sudor, polvo y cenizas de la caña quemada, parecían almidonadas y duras como madera. El desagradable roce sobre la piel tibia molestaba y las fuertes costuras de las botas rusas lastimaban los pies de los jóvenes aspirantes y no cedían un ápice al movimiento de los dedos entumecidos dentro de las medias casi encartonadas por la mugre.
Los muchachos movían el cuerpo, rotaban la cintura, tratando que los doloridos músculos cedieran, dejaran de fastidiarlos y permitieran moverse un poco mas ágilmente. Las ampollas de los primeros días, llenas de líquido, traidoras al reventar, exponían la piel sensible a los rigores del trabajo. Expuestas al continuo maltrato les dejaron un recuerdo ardiente y molesto. El ejercicio doloroso y repetido las transformó en duros callos que cubrieron sus dedos y manos, evitando que nuevos roces de los machetes y azadas los dañaran. Las articulaciones inflamadas no cedían, solo llevaban una semana y pasarían muchos días antes que un poco de alivio les llegara.
“Tenían que apurarse”, pocos minutos más y llamarían a formación para el desayuno. Rápido, a dejar las camas listas, todo recogido que los cuarteleros del día-podía ser cualquiera de ellos-limpiarían el campamento en su ausencia.
La orden llego como un trueno, los gritos llamando-¡AAA Formarrrr!- los lanzo hacia la explanada. Voces roncas obligaron a alinearse y esperaron firmes a que se izara la bandera. -¡Derecha dreee!- la tropa giro en masa y largas filas apuntaron al comedor seguidos por la mirada vigilante de los oficiales y sargentos que los acosaban.
Mientras avanzaban, llevaban las manos a sus espaldas en posición de descanso y tímidamente intentaban acomodarse en la fría ropa que los cubría.
“El zurdo”, como llamaban al oficial jefe del campamento, comprobó el orden con su mirada altanera y expresión despectiva de siempre, la barbilla apuntando hacia arriba, las comisuras de la boca hacia al suelo y la nariz fruncida como si malos olores molestaran su sensibilidad.
Un pedazo de pan y un clarísimo café atenuaron la necesidad de alimento de los rugientes estómagos. Unos minutos más, buscar las herramientas, afilar el machete, la botella de agua no podía olvidarse, guantes y los incómodos espejuelos para no dejar un ojo enganchado en las cortantes hojas de la caña, todo rápido, ahora es tarde, de vuelta a formar
Los aspirantes, a paso ligero o agarrados fuertemente en las carretas que saltaban incesantes por los grandes baches del camino, partían aun en completa oscuridad hacia la plantación, que ansiosa, esperaba a los jóvenes.
Las parejas de braseros se repartían en los surcos, al entrar en el sembrado, contaban los plantones que cortarían para hacer espacio donde apilar la caña. El agua acumulada por el rocio en las largas hojas les mojaba el rostro y las espaldas. En las primeras horas tenían mucho cuidado que el machete no resbalara, ya por los guantes mojados o las hojas y la paja humedecidas que lo harían rebotar y desviarse haciendo el trabajo mucho mas peligroso. Un golpe con la herramienta afilada podía ocasionar una tragedia.
El ojo conocedor trataba de elegir en lo posible un buen lugar para su tarea. Cumplir “la norma” era un dolor de cabeza si tocaba caña con poco peso y con mucha paja que dificultara el trabajo. Hacer trescientas arrobas o mas, acomodar los trozos cortados para que las maquines alzadoras pudieran manipularlas libremente o en grandes pilas para levantarlas manualmente era un ejercicio maratónico digno de cualquier olimpiada.
Paraban al mediodía, el almuerzo brindaba un breve descanso y la tropa se dispersaba por la guardarraya o entre los plantones para ocultarse del sol. Casi dormidos, atontados por el cansancio y el calor eran devueltos al trabajo y al ambiente sofocante. El ruido de los machetes cortando los duros troncos, el limpiar la paja en la base del plantón para cortar rente al suelo y el susurro de las hojas al agitarse los largos tallos por el embate de los hombres, rompían el silencio de la enorme planicie que se adornaba, con los cuerpos inclinados, las espaldas desnudas, sudorosas y el destello de los aceros que danzaban bajo los fuertes rayos del sol.
“Tenían que apurarse”, el que no era favorecido por una habilidad innata, debía ser constante y el esfuerzo al limite haría el resto. Si alguien era marcado como “flojo”, la historia náutica quedaría atrapada en un plantón de caña, perdería los sueños y los pies no se humedecerían en la Casa de Botes como el resto de sus compañeros.
Muy tarde en la noche regresaban los jóvenes extenuados por la faena. Un baño de agua fría reanimaba sus energías y una comida de dudosa gratificación satisfacía a medias su apetito. Por suerte, su profesión no era dedicarse a la agricultura como lo deseaban algunos de los jefes. El curso debía comenzar y las aulas reclamaban lo que les pertenecía. La Academia esperaba y la zafra era una prueba más en el largo camino que los separaba de la planchada de sus futuros buques, muy distantes en un horizonte impreciso y enigmático.
Una parte importante de todo el ajetreo al que se condenaba a estos jóvenes eran las reuniones donde se “discutía” el rendimiento productivo, si era dedicado o no, si era proclive al sacrificio o no, si tenia “condiciones” para ser militante de la juventud comunista y caso contrario -¿Qué debía hacerse para enmendarlo?
Luego de pasar el día trabajando como un condenado, reunirse para analizar por que el cangrejo camina hacia un lado y no hacia el otro era uno de los mayores suplicios a los que se sometían a los muchachos que no podían comprender el sentido de semejante despropósito. Sin embargo, lo tenía, la idea era acostumbrarlos al mayor rigor, al chivateo, a cagar a un compañero sin remordimiento. Creo que todo este “sistema”, por llamarlo de alguna manera hubiera complacido seguramente al más dedicado instructor espartano en el mejor momento de las guerras del Peloponeso.
Finalmente, podían acostarse. El pelotón de servicio quedaba de guardia velando el sueño de sus compañeros. El silencio envolvía el campamento, los sonidos de la noche se mezclaban con el ruido cuidadoso de la litera donde algún joven se masturbaba con temor a ser descubierto. Otros miraban el techo a través de los mosquiteros que eran atacados por los insectos buscando alimento. Otros simplemente miraban al vacio, pensando cuando terminaría aquel suplicio, era la ultima prueba, pronto serian guardiamarinas y valía la pena soportar toda esa mierda con tal de hacer suya a la mar, esa bellísima mujer que había robado para siempre el corazón de sus juveniles fantasías.
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diciembre 19th, 2009 at 14:58
Mas vale prevenir que lamentar, excelente blog, solo le cambiaria en algo el diseno, creo que es por mi navegador que carga un poco lento. colchones de viscoelastica