DE MUJERES QUE SABEN AMAR

Yo a menudo escribo sobre el amor; sobre amor bueno, el amor generoso el de dos ladrillos en la pared, el de la planta y el agua, el que florece y no cobra…
Yo veo Las Damas de Blanco ahora y miro el retrato de mi esposa y mi pequeñito ayer… pueden saber de Patria, de políticas, de guerras y de martirios, o no, pero saben amar y aman a sus hombres, a los padres de sus hijos, a sus propios hijos, a sus hermanos y por esos amores dan la vida….y a veces, también las
pierden. Aman la libertad y la vida.
¡Pobres tantos hombres silentes!
Cuba es pobre; Cuba llora.
Bestiales otras mujeres por un mendrugo en el pavimento se arrastran y las arrastran, unas por mezquindad de aquellas, las otras por amor sincero. ¿De qué están hechos los cielos? ¿Acaso lo hay?
“Calma y rézale al señor,” nos pretenden enseñar. ¿A cuál de los señores? El que me dijeron era mi padre cuando niño no, responde, y el que me pide que le acepte me miente. ¿Dónde estoy?
“Regálales flores y te amarán”… Ellas si, la turba no.
Pavimentadas están las calles con el dolor de las “blancas” y por las cunetas ruedan las gotas de hiel malsana de los infiernos dejadas allí por la hordas del mal. ¿Qué hacer? ¿Rezar?
Mostremos las palmas de nuestras manos al que nos atropella; digámosle que no somos sus enemigos, mas sus hermanos somos… ellos se encargan de lo demás. Ya lo vemos. Bien que se encargan y que a la fuerza las cargan…y las tiran por los rincones del mal.
¿Donde están los cubanos? ¿Dónde están los hijos de los mambises, de los del treinta, de los del….? Parece que estamos muertos. Los jóvenes nacen cansados; no quieren saber. Después de todo, ¿para qué? ¿Para servir al padre de los cielos? ¿No, no y mil veces no; si el que tenemos en la tierra nos trata así, para qué más padres?
“Perdónalos señor.” ¿A quienes, hermano? ¿Por qué? ¿Acaso no has oído al Papa ayer? “Perdonen al pecador y luchen contra el pecado.” ¿Si? ¡Perdóneme usted a mí, señor “padre”, pero tiene algo más que decir?
Morir no puedo nunca más. El volcán de la impotencia retumba en mis oídos, ajeno a la multitud. ¿Qué diablos pinto en esta tierra mientras mis hermanas luchan? ¿Dónde están las espuelas? Ya parece no haber jinetes. Echen abajo ese Maceo de Bronce, que se siente avergonzado. Marianita Grajales, mujer, vuelve a parir, necesitamos otro Antonio, otro José, otro amanecer.
Cuba yace en coma tirada en un callejón.
Hermanos cubanos, hermanos del mundo, ¿no hay un solo médico en la tierra?
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