Porque tú lo has pedido escribo esta historia. Y para ello he tomado la tinta de un calamar, la pluma de una gaviota y el arena de la playa de Varadero mientras miro al Mar Egeo. O tal vez para otro mar.
Porque solo sé que alli hubo un reino. Y el Rey tuvo un hija. Y la hija era la mujer mas bella de su reino. Y el rey sentia el orgullo paternal hecho de carne y el gobierno de la isla hecho de miel. Tal era su alegria, cuando nació la princesa.

Por aquellos tiempos los hombres eran casi dioses y los griegos eran sus maestros. Las mujeres eran bellas piezas de salón, adornos del titán, silenciosas servidoras del plumaje. Aves del Paraiso Terrenal o algo asi solo eran. (más…)
Delicadamente la anciana depositó el estrujado papel sobre mesita de la sala, la de al lado del sofá, mientras que su cara, que una vez pudo haber sido muy bella exhibía las grietas del tiempo y de las penurias cual si fuera uno de esos campos agrestes de los valles volcánicos. Miró entonces hacia el escritorio donde su único hijo pasaba tantas horas leyendo novelas de amor y escribiendo no se sabe qué, se dirigió allí y tomó entre sus arrugadas manos una nota húmeda que mas parecía ensangrentada de azul.

Leyó.
“En un álbum azul están los versos
que tu ausencia llenó de soledad,
son las tristes cenizas del recuerdo,
nada mas que cenizas, nada mas…”
Como decía el tango argentino.
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Toma, arráncame el alma, sacia tus ansias de ir
a las fuentes del odio y la venganza a beber;
chilla a las aves y al viento
y corre por entre las malezas sin sentido,
sin oriente, sin saber.
El rencor es tu sino.
Mas, yo te pregunto, ¿por qué?,
¿No son acaso más frágiles tus sentimientos
que los blancos copos de la nieve
y más variados sus coloridos
que las alas de las mariposas? (más…)