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Una película porno

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Todas las desgracias caen juntas, siempre ha sido así y no hay brujos que las detengan, te van cayendo una tras otra de manera continua, como queriendo aplastarte de una vez. Ese viaje fue el peor de todos los que di en la marina, bueno, eso pienso ahora que estoy lejos y se van borrando pasajes de aquella historia, sería difícil realizar una clasificación entre todos los que fueron malos. Llegar a Corea del Norte era de por sí una terrible maldición, solo eso, llegar y permanecer allí durante más de un mes, no era necesario otro ingrediente. Luego, si aquella permanencia se realiza en pleno invierno, estamos hablando de otros veinte pesos, pero el frío reinante no fue la principal causa de todas nuestras desgracias. Contar con pocas provisiones y la imposibilidad de adquirirlos en un país donde la gente moría de hambre ante el silencio de su gobierno, fue otra de las razones poderosas que aumentaron nuestras angustias y deseos por escapar de aquella trampa.

No es fácil levantarte y tener como desayuno un vasito de leche condensada oscurecido con un café elaborado a base de chícharos tostados. No es fácil allí, donde luego debes salir a cubierta y batirte con dieciocho grados bajo cero. Un eco misterioso nos repetía constantemente que en otros países morían millones de seres por falta de alimentos y debíamos resignarnos, resistir. Es un crimen abandonar la tibia cama, la que lograste calentar un poquito con tu cuerpo, y encontrar que el camarote es un congelador porque la calefacción del barco se encontraba rota.
¡No es fácil! Decíamos todos, pero nadie protestaba, nadie se alteraba, nadie reclamaba absolutamente nada. Parecía como si fuéramos diseñados por algo divino con una capacidad increíble para soportar el dolor. ¡Hay que tratar de escapar! Se repetía por todos los pasillos, pero nadie escapaba en el buen sentido de la palabra, era solo una metáfora, todos permanecíamos allí sin otra opción que la de aguantar estoicamente. Las vías de escape se fueron cerrando con el paso incansable del minutero, los libros de la pequeña biblioteca del barco se fueron agotando y me vi obligado a regresar a la infancia, no fue desagradable ese reencuentro con Julio Verne. Supo devolverme parte de esa niñez robada entre banderas y consignas, entre barbas y gritos de ¡Paredón!, marchas, brazaletes, guajiros y concentraciones sobrecargadas de discursos. La Habana se declaraba rebelde, se volvía a declarar, la gente aplaudía, aplaudía, aplaudía, aplaudía. ¡Qué manera de batir palmas!
Las poquitas películas se habían repetido hasta el agotamiento, las partes con escenas eróticas estaban gastadas de tanto avanzarlas y retrocederlas y avanzarlas en cámara lenta. Solo Dios sabe cuántos hijos abandonados se produjeron en cada barco por donde pasaron en su triste aventura. El primero que la vio desnuda fue el más afortunado, después, fue disfrutada por cientos de ojos antes de llegar a nuestro barco, estaba totalmente prostituida, manoseada, carente de calidad, incapaz de provocar una erección. Las películas de guerra perdían toda su emoción cuando eran repetidas, ya conocíamos a la siguiente víctima antes de sonar el disparo, su último gesto, y hasta éramos capaces de adivinar cuál fue su último pensamiento. Nos reíamos ante la mirada indignada del comisario político, comprendíamos a la velocidad de un rayo que estábamos cayendo en ese pozo profundo de la desviación ideológica. Se repetían las pausas de silencio, silencio, silencio, silencio que la película exigía por respeto a los millones de soldados rusos que viajaban cada año a través de nuestra vista.
Un día de esos tan aburridos, como siempre lo son en ese puerto coreano, vimos que atracaba un barco ruso en un muelle paralelo al nuestro. Sobre la popa del mismo, descansaban cómodamente una docena de autos de diferentes modelos, ya comenzaban a disfrutar los efectos de su perestroika, se produjeron algunos comentarios donde resultó imposible enmascarar cierta envidia. Esa misma tarde, varios antiguos tovariches nos visitaron, movidos quizás por la curiosidad, pudo ser que en busca de alguna mulata donde desahogar lo acumulado durante su travesía. No se descarta la remota posibilidad de aquella anciana solidaridad de la que un día se desprendieron y abandonaron al hijo bobo que tenían en un Caribe tan lejano. Fueron varios de ellos, jóvenes todos, pero chocaron de frente con una realidad que les había pertenecido unos años atrás. Ni mulatas, ni jama, ni curda, ni caracoles, ni cotorritas, ni la madre que los parió, solo los cuentos narrados en voz baja sobre nuestras calamidades. Creo que sintieron lástima y hasta curiosidad al escucharnos, como si nunca hubieran conocido situaciones similares. Nos invitaron a su barco y fuimos, movidos quizás por una curiosidad distinta a las de ellos, buscando un poco de vodka que nos hiciera olvidar el presente tan fatal que la suerte puso sobre nosotros. Debo confesar que encontré un paisaje distinto al nuestro, la gente era más alegre, mucho movimiento por los pasillos, música que escapaba de los camarotes, varias camareras que atraídas por el inglés pronunciado con acento ruso y cubano las trajo hasta donde nos encontrábamos. Luego, el tercer oficial me llevó hasta la popa para mostrarme su auto, un Mercedez de uso, pero en un estado impecable. Me dijo que lo vendería para comprarse una casa, sentí envidia, yo no le hablé de la bicicleta que había comprado en China.
Pocos días después arribó un barco polaco y se produjo el mismo intercambio de visitas, ellos atracaron a pocos metros de nuestra proa. El flujo de tripulantes se mantuvo en derroteros trazados por sentimientos no exentos de viejas rencillas, cubanos hacia el barco polaco y viceversa, rusos hacia nuestro buque y viceversa, pero nunca fue observada una visita de cortesía entre rusos y polacos. Estos últimos, gozaban de ciertas ventajas en los niveles de vida sobre sus antiguos “camaradas”, y no faltaron las mismas palabras que escuchaba contra ellos en aquellos viajes que di a Polonia, un sordo odio se respiraba siempre en la atmósfera. Mi camarote fue visitado por el primer electricista en varias oportunidades, no ocultaba su atracción por una de las mujeres que trabajaban a bordo, la política fue el pretexto para ese acercamiento a la carne. Los rusos los aventajaban en eso, la presencia femenina a bordo se encontraba representada por unas seis mujeres.
Ella era agregada de sobrecargo, todo un lujo que una vez existió en el campo socialista, esfumado una vez que se derrumbó el muro en aquellos países, pero aferrada en el nuestro. Era un lujo por razones que todos conocíamos, la plaza de sobrecargo no existía en las plantillas de buques capitalistas. Ningún armador cargaría con los gastos por mantener un parásito a bordo con un contenido de trabajo tan limitado, pero el socialismo es así de caprichoso o estúpido y su derroche se manifiesta de diferentes maneras. Entonces, si ocupar esa plaza privilegiada era un lujo mantenido por el proletariado, ser agregado (aspirante), cuyo período de aprendizaje nunca estuvo definido, podía considerarse una de las barbaridades cometidas dentro de ese sistema, creador por excelencia de sanguijuelas que se nutren de la sociedad. Con la aparición del período especial y división de la flota en corporaciones explotadas con una nueva versión de capitalismo de estado, los sobrecargos recibieron su patada en el culo y se incorporaron a la masa desempleada del país, hablemos de “interruptos” o “disponibles” para estar a tono con el vocabulario de su época.
Era una mujer simpática que rondaba los treinta y tantos, sus dotes femeninas no eran sobresalientes. Pudiéramos referirnos a una mujer común y corriente que al pasarnos cerca en cualquier calle de La Habana, solo la miraríamos por compromiso o satisfacer esa curiosidad animal que lleva en su interior cada macho cubano. Tenía el pelo rizado y negro como el azabache, pocas veces lo exhibía suelto, tuvo que haber sido los días que se lo lavaba. Sus senos eran pronunciados, aunque en proporción con su estatura y de vez en cuando, pocas veces, nos regalaba la mitad de sus dimensiones con algún escote algo provocativo cuando se vive entre fieras. Sus antebrazos eran velludos y daban origen a un millón de deducciones por parte de los estudiosos en anatomía femenina a bordo. Casi 44todos arribaban a las mismas conclusiones, “si eso era en los brazos, ya pueden imaginarse”, se comentaba casi a diario, y si algo sobra en el mundo marino no es el agua salada, es la imaginación de los hombres para construir el paisaje que ellos necesitan en su momento adecuado. Pude confeccionar una lista con las declaraciones amorosas de cada uno de los pretendientes a bordo, el tiempo de viaje aumentaba y la cantidad de aspirantes disminuía. La proporción era inversa y las posibilidades de alcanzar el objetivo aumentaban entre los restantes. La voz corría, la noticia era el tema del día, ¡faltan diez!, ¿quién será el afortunado que se llevará el premio? El electricista polaco se sintió electrizado por ella, pero ignoraba que más de la mitad de la tripulación había caído electrocutada en sus aspiraciones por poseerla. Un día, mientras ella batía incesantemente el azúcar mezclado con un poquito de café instantáneo dentro de un vaso, ante la mirada interrogante y paciente del hombre, él la invitó a visitar su barco, ella le respondió que no salía sola y por supuesto, me invitó por carambola. Cuando detuvo aquellos estúpidos movimientos, la agregada de sobrecargo le sirvió una taza de café y le explicó que era expresso, el tipo comprobó que tenía espumita y luego de probarlo dijo que estaba muy bueno. Solicitó incluso que le explicara la técnica y yo le respondí que solo era necesaria una cosa, que tuviera el café por la libreta.
Esa noche fuimos hasta su barco y nos atendió con toda la cortesía y amabilidad existente en el mundo. Su mesa se vio adornada en pocos minutos por varias botellas de vino, cerveza, vodka, refrescos, manjares de varios tipos que sirvieron como saladitos y eran colocadas sobre la mesa con gusto y exquisitez por un eficiente camarero. La fase protocolar fue corta y pasaron varios oficiales a los cuales fui presentado, se intercambiaron, como era de suponer, varias expresiones saturadas de esos sentimientos anticomunistas fervientes, y otras, donde se nos condenaba por tanta pasividad. Les di toda la razón del mundo, ¿qué otra cosa podía hacer? Cuando al fin quedamos solos, los temas eran triviales y carentes de importancia, él trataba de expresarse con su mejor inglés y yo trataba de traducir como me diera la gana. Hubo un pase de toquecito de manos, solo un toque, pero ya saben ustedes como somos los del patio, nos la llevamos todas al vuelo. Minutos después de ese toque de bolas, el tipo pidió permiso para ir hasta el baño.
-Conmigo no tengas penas, si deseas quedarte con el socio yo tumbo para el barco inmediatamente. Ella se sonrojó al escuchar aquellas palabras y no sé hasta qué punto pude ofenderla.
-Creo que te equivocaste conmigo, no he venido con la intención de quedarme y menos de estar con este calvo de mierda.
-Pues tú me dices cuando partimos, porque para serte sincero, estoy aburrido hasta las pelotas.
-Nos vamos dentro de unos minutos. El tipo regresó y seguimos tratando temas sin importancia, ella me dijo una cosa y yo traduje que debíamos presentarnos en el barco antes de la media noche. No ofreció resistencia ante aquella mentira, él la había vivido como cierta.
La camarera me tocó la puerta una de esas noches, ella hacía de pareja con el capitán, era su querida oficial, pero en nuestras circunstancias era considerada su mujer. Poco importaba si al arribar el barco a La Habana ella tomaba su camino y el hombre el suyo. Era una especie de juego al que todos estábamos acostumbrados y que adquirió cierta legalidad entre los hombres de mar, claro, con innumerables irregularidades. Su padre era un pincho conocido en la isla, de los viejos, de los que bajaron de la Sierra. No por gusto se tomaba atribuciones “indebidas”, como se dice allá. La gente le decía “La Capitana”, porque hablando en plata y aunque el socio tuviera un poco de “avance”, la que llevaba los pantalones y disponía, era ella. Se llevaba muy bien conmigo, nunca chocamos, y como las cosas que hacía no perjudicaban mi trabajo, pues existía cierto grado de tolerancia entre nosotros. Era una blanca de casi seis pies de estatura, ojos verdes, rostro agradable, pero carente de atractivos que pudiera distinguirla de una mujer común, nada excepcional, pero codiciada y bendecida dentro del ambiente elegido por ella. Sus senos eran pronunciados y gustaba de usar provocativos escotes o pullovers gastaditos que descubrían fácilmente la presencia de sus pezones. Sin embargo, siguiendo la norma de toda lógica en sus casos, lo que le sobraba de teta le faltaba de nalgas. Era una regla casi inviolable para todas las planchadas, pero en esos casos siempre existe una justificación a cualquier defecto, “acostada boca’rriba no se ve”, decían todos por los pasillos y cubiertas. No por gozar de la plaza de capitán quedaba excluido de cualquier manifestación de infelicidad, el tarro siempre colgaba sobre nuestras cabezas a pocos centímetros de distancia y él lo sabía. Su rutina de guapetón de barrio malo, era síntoma indiscutible de los sufrimientos que atravesaría en caso de experimentar un “arañazo”. El socio la cuidaba, vigilaba, trataba de controlar sus movimientos, imponer sus leyes bobas, celaba, amenazaba, etc. Casi siempre trataba de manifestarse en público para hacer alardes de su agresividad y machismo, lo hizo tanto, que aquellos excesos de verbos agresivos lo colocaron en el ridículo y mirilla de toda la canalla. En definitiva, ella era la que llevaba la voz cantante, era La Capitana.
-¡Coño! ¿Qué quieres a esta hora? Le pregunté sorprendido.
-¿Quieres fumarte una película porno? Me respondió bien bajito, como temiendo ser escuchada por las paredes y oídos desvelados por el frío y las desgracias.
-¡Ño! ¿Una película porno, dónde?
-En el salón de oficiales, baja en silencio. Cerré despacio la puerta y me vestí a la velocidad de un rayo con un solo pensamiento, chocaría de frente con algo que comenzaba a perderse con el tiempo. Pensé también que aquel acto estaría limitado a un reducidísimo grupo de la tripulación, estamos hablando de las tres de la madrugada. Bajé sin hacer ruidos y siguiendo las recomendaciones de La Capitana, cerré con sumo cuidado las puertas de las escaleras que dan acceso a las diferentes cubiertas. Entré al salón y cuál no sería mi sorpresa, estaba presente más de la mitad de la tripulación. ¡Ño! Solo alcancé a manifestar y recibí como respuesta un ¡Shhhhhiiiii! Sordo y prolongado invitándome al silencio. Fueron tan amables que me conservaron una butaca que dispusieron de acuerdo a mi rango en la nave, mientras me sentaba, alguien se levanto y apretó el botón de play. El silencio fue sepulcral, nadie comentó sobre la película que se proyectaba, nadie bonchó como hacían cuando el comisario político proyectaba alguna de suyas repletas de bombazos y disparos. Pude captar (y eso que padezco de hipoacusia en el oído izquierdo) varios suspiros y respiraciones alteradas, el latir acelerado de todos los corazones dio origen a un extraño concierto.
-Primero, el político y yo hemos estado esperándote para efectuar esta reunión. Me dijo el capitán esa mañana cuando llegué a su camarote con documentos de la carga. Mi vista se detuvo en la butaca donde se encontraba Guillermo, era el comisario político a bordo, el premio dejado por su tocayo Guillermo García cuando ascendió de criador de gallos a ministro de transporte. Era uno de esos feos repulsivos, mucho más feo que Germán Pinelli, y peor, era calvo y con unos espejuelos con cristales fondo de botella que cuando los mirabas de frente, los ojitos eran igualitos a los de los Ronquitos que se pescaban en el Morro de La Habana. Por su fealdad, Guillermo debió tener más millas registradas que nosotros en ese duro vagar provocado por la abstinencia sexual. Tuvo que ser así, no era fácil jamarse a un feo como él. Sin embargo, lo que tenía de horroroso le sobraba de buena gente, era un tipo campechano que vivía en la villa de Pepe Antonio. Puede que su localización geográfica lo ayudara en su conducta, porque no imagino a un feo de su calibre y que venga de palestina, habría que inventar un potente hijoputómetro.
-¿Reunión sobre qué? Les pregunté algo sorprendido.
-Por la proyección de una película pornográfica a bordo de nuestro buque. Respondió Guillermo hundido en su butaca.
-¡No jodas! No sabía que había películas pornos a bordo.
-Pero eso no es lo peor, Primero. Existen evidencias de que estuviste en la proyección de ese film. Intervino el capitán.
-El problema, Primero. Es que eso es una manifestación de debilidad política que se manifiesta en actitudes que bien pueden considerarse en desviaciones ideológicas que, atentan contra el desarrollo de una sociedad socialista como la nuestra. Es un arma de penetración utilizada por el enemigo con el objetivo de socavar los cimientos de una moral combativa en contra de males erradicados dentro de nuestra población hace decenas de años. Parece mentira que miembros de nuestra militancia y cantera del partido, se hayan prestado al juego de nuestros enemigos.
-Por la parte que a mí me corresponde como máximo representante del mando de este buque.- Intervino nuevamente el capitán. -Te critico esa actitud irresponsable y liviana de aprobar con tu presencia un acto tan reprochable como el cometido anoche en nuestro buque.
-¡Coño, caballeros! ¡No jodan tanto! ¡Dejen que las gentes sean felices! ¿Qué tiene de malo una películita? ¡Ná! La gente se la echa tranquilita, van pa’su camarote, se botan su pajita tranquilos, sin joder a nadie, sin afectar a la revolución. ¿Y al otro día? ¡Ná, tranquilos! La gente se levanta un poco más liviana, no les digo que más contenta, ¡porque coño!, hay que estar loco para levantarse contento. ¡No es fácil, caballeros! No hay calefacción y el barco es una nevera, no hay jama, ¡NO HAY JAMA! Disculpen si les grito estas palabras, pero esos hombres se tienen que encaramar en esas grúas de mierda diariamente a reparar los problemas que tienen. ¡Claro!, por culpa de otros que fueron a buscar estos barcos a España y estaban bien preparados ideológicamente, ¿se han puesto a pensar en las temperaturas que existen cuando ellos se pasan cuatros horas al exterior? ¿Se le ha pagado a la tripulación? ¡No, por supuesto que no! Y vienen ustedes ahora con la trovita de la película porno.
-¡Sí, pero tú eres parte del mando!…
-¿Y qué, no tengo frío, no tengo hambre, no tengo deseos de templar como todo ser humano?
-Como quiera que sea, compañero primer oficial, tú sabes que mi trabajo es velar por el estado de salud ideológica de la tripulación. Intervino el comisario.
-Valiente trabajo, mi amigo. Ese no es mi problema, lo mío es lograr tener en funcionamiento este buque y que mi gente sea feliz, y coma, por supuesto.
-Debido a la situación por la que estamos atravesando, no creo prudente tomar medidas disciplinarias al respecto, pero creo, la aventura no debe repetirse. Más que una advertencia, aquellas palabras fueron interpretadas de mi parte como una amenaza.
-De todas maneras, convocaremos a una reunión de emergencia dentro de unos minutos. Concluyó el capitán, mientras invitaba por el intercomunicador a toda la tripulación para que se presentara en el salón.
-Compañeros, anoche se produjo un acto de indisciplina de grave connotación política. Nosotros, los representantes del partido, les advertimos que por ser la primera vez que esto ocurre, no tomaremos medidas disciplinarias, políticas o administrativas. Pero los alertamos, si un hecho como el sucedido anoche vuelve a repetirse, caerá sobre los compañeros involucrados todo el peso de la justicia revolucionaria. Ustedes saben que hablamos de un delito condenado por las leyes de nuestro país… Guillermo tomó una breve pausa y se esforzaba en coordinar ideas y palabras.
-¡Compañero político! No sabemos a cuál delito usted se refiere. Intervino Pedro y lo busqué entre los asistentes, no recordaba haberlo visto en el salón.
-Se trata de la proyección de una película pornográfica.
-¡Pornográfica! Gritó exaltado desde su asiento Mongo Karate. Yo creo que ya ustedes lo conocen, dicen las malas lenguas que era el padrastro de Juan Formell. Mongo fue combatiente de la Sierra y en una de aquellas batallas, se le alojó una esquirla de granada en el meridiano cero de su cerebro. Era un caso rarísimo, tan extraño como el Almiquí, uno entre millones. Aquel accidente le produjo ciertas alteraciones en el cuerpo, para ser más exacto, se lo dividió en dos hemisferios. En varias oportunidades lo sorprendí en el cuarto donde la marinería se cambiaba la ropa de faenas, mostrando su cuerpo a los demás tripulantes mientras narraba historias de batallas. La mitad del cuerpo mantenía su piel original y la otra, se encontraba repleto de unas especies de ronchas o escamas como las producidas por la pitiriasis. Pero lo más sobresaliente de su caso era la perfecta división ocurrida. Mongo se encontraba dividido a la mitad por medio de una frontera muy bien practicada. Mitad del rostro que se definía perfectamente en la mitad de su nariz, labios, barbillas. Luego el cuello, tórax, mitad de ombligo, y lo que la gente siempre le solicitaba con morbosa curiosidad, la mitad del rabo también. Sin complejo alguno, con manifiesto orgullo, como si estuviera mostrando una medalla cargada por los combates realizados, Mongo giraba sobre sí y mostraba su espalda para que comprobaran que no mentía. Para concluir, le mostraba a todo el mundo la cicatriz del lugar por donde penetró el fragmento de granada y narraba todas las operaciones que fueron practicadas en diferentes países gracias a la revolución. Estas escenas se repetían cada viaje ante la presencia de nuevos tripulantes y ya me las conocía de memoria. -¿Pornográfica? Repitió la pregunta Mongo sin poder ocultar su enojo. Parece mentira, coño, hayan muerto tantos compañeros en la Sierra y ustedes solo piensen en botarse una paja. Nosotros no teníamos tiempo para eso, nos casamos con la revolución para lograr lo que ustedes disfrutan ahora. ¿Quién podía estar pensando en esas cosas en medio del fragor de una batalla? ¡Pajeros de mierda! Al final la gente se reía con las intervenciones de Mongo, lo asimilaban porque era buena gente y solo estaba pal lío de su pacotilla. Perteneció a ese lote de soldados que bajó de la loma y no disfrutaron del pastel, luego, como andaban dando tumbos por el país, Chaveco los incorporó a la marina mercante para que “refrescaran”. Su discurso era el mismo, que si en la Sierra no comían, no se bañaban, no se limpiaban el culo, no dormían, no cobraban, no esto y no lo otro. Mongo perteneció a ese grupo de hombres que nunca abandonó las batallas y confundió las olas con montañas.
Un día logramos salir de aquel infierno, pero el hambre nos persiguió hasta la misma Habana. La lista de pretendientes frustrados aumentó y las posibilidades de ganar la loto aumentaban, ella esperaba con mucha paciencia por el elegido. A Guillermo lo dejaron acompañando al telegrafista en Bangladesh después que éste sufriera un infarto, la vida se le complicó un poco por aquel país y regresaron a Cuba mes y medio después. Dicen las malas lenguas que no había dinero para pagar los gastos de la hospitalización y tickets de avión. Un día me lo encontré y me narró algo sobre un romance vivido por allá, estaba muy enamorado y ella también, me dijo que era una diosa, yo lo escuchaba con mucha paciencia, el amor es ciego, pensé. La caída del muro lo afectó también, un tiempo después de mi deserción, los camaradas políticos recibieron su patada en el culo. Guillermo pasó a formar parte de esos batallones de interruptos o disponibles, no imagino como sería su vida posteriormente, porque hasta donde tengo entendido, era buena gente, pero solo había vivido de la muela, toda su historia acabó también como aquella película porno. Tres días antes de arribar a la isla, el hombre que faltaba por participar en la rifa apostó y ganó.

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