Mientras transportábamos tropas cubanas para Angola a bordo del buque Renato Guitart, tuve un encontronazo verbal con el capitán del buque llamado Pedro J. Ferreiro Casas. No recuerdo exactamente las razones que originaron aquel diálogo producido a la hora del almuerzo en el comedor de oficiales, se encontraban presentes algunos miembros del alto mando militar de aquella misión. Solo recuerdo que se produjo un profundo silencio mientras las palabras viajaban desde mi mesa hasta la de Ferreiro.
Todas las desgracias caen juntas, siempre ha sido así y no hay brujos que las detengan, te van cayendo una tras otra de manera continua, como queriendo aplastarte de una vez. Ese viaje fue el peor de todos los que di en la marina, bueno, eso pienso ahora que estoy lejos y se van borrando pasajes de aquella historia, sería difícil realizar una clasificación entre todos los que fueron malos. Llegar a Corea del Norte era de por sí una terrible maldición, solo eso, llegar y permanecer allí durante más de un mes, no era necesario otro ingrediente. Luego, si aquella permanencia se realiza en pleno invierno, estamos hablando de otros veinte pesos, pero el frío reinante no fue la principal causa de todas nuestras desgracias. Contar con pocas provisiones y la imposibilidad de adquirirlos en un país donde la gente moría de hambre ante el silencio de su gobierno, fue otra de las razones poderosas que aumentaron nuestras angustias y deseos por escapar de aquella trampa.
Ni recuerdo por qué carajo fui a parar allí, pero una hora después de entrar al local, me encontraba sentado en uno de sus sillones. Me envolvieron, tuvo que ser así, ¿a quién coño se le ocurre viajar de Montreal a Miami para sentarse en una barbería?, solo a mí. ¡Ah! Pero la culpa la tuvo el marido de mi prima. Mira que jodió durante el trayecto recorrido por la forinai de Jayalía, insistió tanto que me cansó. ¡Claro! Él tuvo que agotarse también de escuchar mis protestas. ¡Coño, chino! Acabo de llegar de casa de las quimbambas donde hay un frío del carajo y me quieres meter en una barbería. ¡Asere! Vamos al cabrón Sedanos a comprar el laguer, no me jodas la existencia, yo no vine pa’eso. ¿No te das cuenta que tengo los días contados? ¡Ná! Y hasta el precio del pasaje anda por los aires. ¡No es justo! No es justo que vengas a complicarme la vida. ¡Total! Pa’pelarte esos cuatro pelos de mierda. ¡Mírate! Mírate por el retrovisor. ¿Qué coño tienes? Si hasta se te ve el cráneo, consorte. No me hagas esa, el pelo puede esperar hasta mañana.
Ni recuerdo por qué carajo fui a parar allí, pero una hora después de entrar al local, me encontraba sentado en uno de sus sillones. Me envolvieron, tuvo que ser así, ¿a quién coño se le ocurre viajar de Montreal a Miami para sentarse en una barbería?, solo a mí. ¡Ah! Pero la culpa la tuvo el marido de mi prima. Mira que jodió durante el trayecto recorrido por la forinai de Jayalía, insistió tanto que me cansó. ¡Claro! Él tuvo que agotarse también de escuchar mis protestas. ¡Coño, chino! Acabo de llegar de casa de las quimbambas donde hay un frío del carajo y me quieres meter en una barbería. ¡Asere! Vamos al cabrón Sedanos a comprar el laguer, no me jodas la existencia, yo no vine pa’eso. ¿No te das cuenta que tengo los días contados? ¡Ná! Y hasta el precio del pasaje anda por los aires. ¡No es justo! No es justo que vengas a complicarme la vida. ¡Total! Pa’pelarte esos cuatro pelos de mierda. ¡Mírate! Mírate por el retrovisor. ¿Qué coño tienes? Si hasta se te ve el cráneo, consorte. No me hagas esa, el pelo puede esperar hasta mañana.
De lejos, recostado al enorme muro que lo separaba de la casa vecina y bajo la sombra de un inmenso árbol de aguacate, Manuelito pasaba horas contemplando la cría de gallinas que Emilia tenía en su patio allá en Párraga. Casi siempre acudía a la misma hora, el momento en que su vecina comenzaba a gritar a todo pecho un títítítí que retumbaba todo el barrio. Unas cajas de cerveza vacías lo ayudaban a vencer la altura, entonces, veía volar granos de maíz que imaginaba fueran abejas sin alas y antes de su caída, unas adoptaban el brillo de las perlas plásticas del collar de su abuela postiza. Se divertía con el revuelo formado en el patio a esa hora y contaba las plumas que volaban en todas direcciones. Pronto, como obedeciendo a una orden de su vecina, se agrupaban en un extraño círculo y desaparecían sus cabezas. Siempre quedaba una gallinita fuera de aquel cerco tendido alrededor de los granos y aquello llamó extraordinariamente su atención, su vista consumía la mayor parte del tiempo concentrado en sus acciones. Emilia era bondadosa y justa, le lanzaba un puñadito de granos que casi siempre iban dirigidos a un rinconcito del patio, donde la gallinita apuraba en devorar antes de que las restantes pasaran e hicieran el resumen. Manuelito, empujado por esos sentimientos puramente humanos que comenzaban a florecer en él, se sintió solidarizado con aquella ave desde los primeros instantes. ¡Pobre gallinita! Manifestaba en silencio, nadie sabe la lástima que sintió por ella, nadie imagina hasta qué punto pudo haber sido discriminada, solo él pudo descubrirlo en esas constantes visitas cuando respondía al títítítí de Emilia como una gallina más.
Su reacción al descender la escalerilla del autobús no sorprendió al abuelo, la alegría era siempre compartida en cada encuentro. Por los rigores de la vida se veían escasos minutos, algo intermitentes también. El abuelo partía cuando él se encontraba en la escuela y regresaba bien tarde, lo encontraba sumido en profundos sueños. Cada mañana, el niño trataba de despertarlo ante las protestas de su abuela, unas veces lo lograba. Su sonrisa resultaba el mejor premio a ese cariño cultivado desde su nacimiento, ambos lo sabían. La comunicación entre ellos vencía aquella etapa de las palabras incomprensibles, el niño se expresaba como cualquiera de la tierra de sus padres en el seno de la familia. Fuera de esas fronteras, era capaz de comunicarse en francés o inglés con los niños de esta tierra, su tierra. No solo dominaba las tres lenguas con sus seis años de edad, siempre contestaba que era canadiense cuando lo molestábamos sacándolo de sus fronteras.