VENEZUELA, UN AMOR. Primera Parte

- Cota Mil desde el funicular, Caracas, Venezuela.
“A Marianela”
Ayer soñé con Marianela, es algo raro pero fantástico, nunca sueño con las personas a las que he querido, son cosas del cerebro, digo, deben ser cosas del mío. Muchas veces me he acostado pensando en una persona para tratar de llamar ese sueño que me lleve hasta ella, pero el cerebro es egoísta y dominante, trae lo que quiere él. Muchas veces son gentes desconocidas y entonces compartes toda una noche con ellos en la intimidad de tu cama.
Marianela apareció después de veintiséis años de ausencia, me esperaba sentada en un pequeño muro frente a un edificio casi en ruinas, carcomidos sus ladrillos por esa insaciable hambre de los vientos y la lluvia torrencial de los años. No le quedaban rastros de pintura que mostraran fuera alguna vez nuevo, parecía un edificio construido a propósito muy viejo. Frente a ese edificio viejo donde se observaba movimientos de personas entrando y saliendo, había un río de aguas muy negras que despedían un horrible vaho a azufre, dudo que dentro de esas aguas existiera vida, era deprimente y doloroso verlo. Junto al río y frente a ese edificio había un parque, tan sucio como el río y tan viejo como el edificio, sucio estaba todo lo que alcanzó ver mis ojos, las aceras, los árboles, los bancos donde se encontraban hablando personas tranquilamente, mientras los niños jugaban en ese parque que parecía un basurero. Lo hacían con tanta naturalidad que parecían adaptados a vivir en armonía con toda esa suciedad, no se molestaban.
Marianela al verme se levantó del muro, era un muro muy bajito, partió corriendo a mi encuentro. Ella era algo anacrónico en aquel paisaje incomprensible, yo nunca lo había visto, no podía asociar las relaciones entre el parque, el edificio, aquel río muerto y podrido más esa gente indiferente de su entorno. Sonreía mientras corría mostrando una hermosa colección de perlas detrás de sus labios, entonces, nos abrazamos como hacíamos hace veintiséis años. Colgada de mi cuello y separada del piso yo la soportaba con mucha facilidad, ella era una muñequita muy delgadita, pesaba lo mismo que una pluma y cuando se ama, el ser amado no pesa nada. De ella me gustaba todo, su pelo, sus ojos bien negros contrastando con aquella divina palidez, su frágil cuerpecito de piernas hermosas, su risa, sus labios. Su aliento me embriagaba, siempre trataba de respirarlo bien adentro y no dejarlo escapar de los pulmones, para que luego recorriera todo mi cuerpo alimentando mis venas, para llevarlo impregnado por mucho tiempo. No sé por cuál capricho del cerebro me la trajo después de tantos años separados hasta aquel paisaje muerto, tal vez lo hizo para ahorrarme trabajo y la identificara pronto, qué tonto es mi cerebro. A Marianela la hubieran vestido de rosa y yo soy capaz de identificarla dentro de un mar convertido en rosal solo por su fragancia, lo mismo, si la hubieran convertido en mariposa, sus colores y vuelos eran muy fácil de adivinar, solo hay que estar enamorado para ello.
Luego de aquellos acostumbrados besos, caminamos un poco, me embargaba la duda. Yo la encontraba a ella igual que la última vez que nos vimos durante la más cruel despedida de mi vida, no había cumplido los dieciocho años, yo no sabía como ella me veía. Miré por todos lados y no encontré señal alguna de un espejo, eso me sucedía en todos los sueños donde solo he mirado y nunca me he visto. Debí estar como antes, como cuando nos conocimos, cuando yo tenía veintitrés años. Por algo me reconoció tan pronto y eso me tranquilizó, deseaba de todo corazón disfrutar aquel encuentro. Conversamos un ratico con unas niñas muy alegres, todos se encontraban alegres en medio de aquella suciedad, seguía sin comprender hasta que de pronto, desaparecimos de aquel horroroso paisaje en un viaje como el que solo se da en los recuerdos y aparecimos sentados en la Cota Mil.
A nuestros pies las luciérnagas centelleantes de una ciudad que vive sobreponiéndose a la oscuridad de la noche, éramos dueños de ella y del cielo que ellos no podían observar por el resplandor de aquellas luces. Así, en el medio del camino entre ambas, nos dimos el primer beso, atraídos por una fuerza extraña, sin que intermediaran muchas palabras, caímos abatidos por un solo flechazo.
Marianela fue el único amor que conocí fuera de las paredes de mi casa, nunca había creído que se pudiera amar en tan poco tiempo. Nadie sabe cuando puede suceder, nadie es dueño de su corazón, no valen de nada la edad ni la experiencia, menos aún esquivarlo, porque el amor el amor es terco. Te persigue y aunque resistas, él sabrá guiarte tus pasos. Luego, detrás de dos enamorados no hay más existencia que la de ellos mismos, solo el infinito de aquellas adorables estrellas.
Fue por el mes de Agosto del año 1974, lo recuerdo perfectamente porque mi cumpleaños lo celebré por lo grande en Caracas y es el 6 de Septiembre. Recibimos la noticia de que nuestro buque haría un viaje a Venezuela para cargar arroz en Puerto Cabello. En esos tiempos ambos países no tenían relaciones comerciales ni diplomáticas, razón por la cual, el “Jiguaní” sería el primer buque en tocar puertos venezolanos después de aquel famoso escándalo, producido por la captura del buque pesquero “Alecrín”, mientras transportaba armas para las guerrillas de ese país. No podía ocultar la emoción que me produjo aquella noticia, ya conocía algo del mundo pero muy poco de nuestro continente, solamente había viajado a Chile, Perú y Canadá. El barco fue avituallado de una manera muy especial, recuerdo que lo hizo la empresa CUBALSE, que en aquellos tiempos, solo se dedicaba a servir a los buques extranjeros. Así y por primera vez, nos sirvieron productos de exportación de muy buena calidad, se excedieron en la cantidad de cervezas y rones, los cigarrillos no eran los que normalmente consumíamos en los barcos cubanos, reforzaron al personal de cámara y para ello nos mandaron al mejor mayordomo de la flota, me refiero al negro Baró, todo un maestro en el arte culinario, y con ello comprendí que eso era lo que los zapadores llaman un “Caza-bobos”, o sea, una mina atada a cualquier objeto que le llame la atención a una persona.
Nosotros éramos el “Caza-bobos” al servicio de Cuba, daríamos una imagen falsa de la verdadera situación en el país, como lo hicimos en Chile y muchos lugares, era una trampa que no fallaba, la gente saldría hablando maravillas no del buque, lo harían del país.
Cuando llegamos a Puerto Cabello la carga no estaba lista y tuvimos que fondear fuera del puerto por ella, ese día y como me encontraba de Tercer Oficial, decidí darle mantenimiento al bote de servicio que teníamos a babor de la bodega número cinco, como el clima era bastante caliente me puse a trabajar con unos calzoncillos que parecían una trusa, recuerdo que la tela era de los colores de un leopardo y los había comprado en Holanda, mientras trabajaba y bromeaba con los marineros, tomaba también un baño de sol. Estaba muy entretenido en mi faena y no me percaté de la presencia de una lancha junto a la escala real de estribor, me enteré de ella porque un marino vino a decirme que alguien de la lancha preguntaba por mí, lo mandé al carajo porque era imposible que visitando por primera vez ese país, persona alguna llegara en una lancha solicitándome, me equivoqué, el marino siguió insistiendo y me dijo que no era jodedera, así que en calzoncillos como estaba, me llegué hasta la banda de estribor donde se encontraba la lancha, y al momento retrocedí rápidamente cuando comprobé que venían mujeres de pasajeras, me llegué hasta el camarote y me puse un overall blanco.
La lancha tenía dificultades para arrimarse al buque debido a la marejada que existía en esos momentos, entonces el Capitán desde el puente les dijo que esperaran a que él hiciera un giro con el buque, para poner a la lancha al socaire del viento y la marejada, fue en ese tiempo que veo salir del interior de la lancha a Martínez, quien fuera profesor mío de astronomía, los marineros no me habían mentido, pero cómo me iba a imaginar que me encontraría con él en su país. Vivió en Cuba durante varios años y si no me equivoco, llegó a ser novio de una de las hijas de Ramón Castro o de Raúl, no recuerdo exactamente, pero si, que se peleó con ella alegando que era muy dominante.
Los esperé junto a la escala y una vez sobre cubierta, Martínez me presentó a todos como su mejor alumno, luego de los apretones de mano los conduje hasta el camarote del Capitán, aquel grupo estaba compuesto por Marziota, un funcionario del Ministerio de Transporte que había asistido en Caracas a una conferencia sobre la Supervivencia de la Vida Humana en el Mar, éste hombre tenía un hermano en la marina mercante, quien había navegado como timonel a bordo de nuestro buque y más tarde se dedicó al Partido por entero, ambos eran hijos de un italiano. No recuerdo muy bien si lo acompañaba otro cubano en esa comitiva, pero debe haber sido así, los funcionarios cubanos casi nunca viajaban solos. Además de Martínez, venía una mujer sumamente bella, era baja de estatura y achinada, de una blancura muy atractiva, luego me enteraría que era la esposa de un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, llegó también una señora de ojos celestes, con el pelo de rubio que supuse era teñido pero que hacían una bonita combinación con sus ojos y por último, una jovencita muy simpática, me llamó la atención desde que abordó nuestro buque, pero nunca la miré con otros ojos que no fueran los de encontrarme ante una muchacha.
Cuando los dejé en el salón de recepciones del buque me retiré a bañarme y vestirme correctamente para la hora de la comida, los visitantes, como eran tan numerosos comerían en el segundo turno y así se lo hice saber al mayordomo, por instrucciones expresas del Capitán Héctor.
Cuatro horas después, cuando solicitaron los servicios de la lancha para que los regresara a tierra, la marejada había aumentado y cuanta maniobra se realizó para que se pudiera abarloar a nosotros fueron infructuosas. Por lo peligrosa de la situación se canceló aquellos intentos y se informó a la Capitanía, que los visitantes pernoctarían en el barco hasta esperar que el tiempo mejorara a la mañana siguiente.
Esa afortunada noche se les ofreció una recepción a los visitantes, nuestro buque contaba con un Combo (grupo musical) que aunque aficionados, nos deleitaban durante las travesías, estaba dirigido por el timonel Alarcón y contaban con muy buen repertorio, me invitaron a aquella pequeña fiesta donde mis primeros intercambios de palabras sucedieron con Martínez, hasta que sin darme cuenta, me encontraba sentado al lado de la chica llamada Marianela, su madre no dejaba de ponerle atención a nuestro diálogo. Era una muñequita muy curiosa, creo, haberme llamado mucho la atención de que a pesar de su juventud, poseía una exquisita y refinada cultura, ahora no recuerdo muy bien si estaba en proceso de ingresar a la Universidad para estudiar algo relacionado con la Diplomacia.
La mayor parte del tiempo la consumimos hablando de literatura, yo leía mucho en esa
época, era una enorme polilla que devoraba cuanto libro caía en mis manos, siempre tuve ese hábito que en la marina se convirtió en vicio, tiempo me sobraba para ello. Me asombró mucho en esa conversación, los conocimientos que ella tenía sobre una variedad muy grande de escritores universales de todos los tiempos, coincidimos en nuestros gustos por ciertas obras y autores, me asombré, porque a esa edad son muy pocos los jóvenes dedicados a este sano placer. Hubo un punto de nuestro intercambio de conocimientos en los que ella me derrotó sin ningún tipo de piedad, ocurrió, cuando me preguntó por Bolívar, sentí una vergüenza horrible, conocía al Libertador como todos los de este continente, pero ignoraba totalmente su historia y no fue mi culpa. En los programas de estudio en nuestro país se tocaban a estos héroes latinoamericanos de una manera muy pobre, la historia de América era la nuestra, la más importante, nosotros éramos América, fuera de nosotros, solo existían la revolución, Lenin, Marx y la Unión Soviética. Gracias a ella partí de ese país con una pequeña carga de libros, que me enseñaron quiénes eran cada uno de nuestros próceres, conocí a Manuela Saenz, Negro Primero, oí hablar por primera vez del sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal y de su libro prohibido en casi todo el continente llamado “En Cuba”, curiosamente lo introduje clandestinamente al país, donde nunca fuera publicado.
Para sacarme de mi apuro supongo, me dijo que nunca había visitado el puente de mando de un buque, y luego de pedirle permiso a su madre, concedido con toda la desconfianza del mundo, la conduje hasta el puente, donde le mostraba todos los equipos mientras le explicaba sus usos y ella oía sin prestarle mucho interés, por primera vez la encontré más mujer, mucho más atractiva y se lo dije, siempre fui así con las mujeres, a ella eso le gustó más que todas las explicaciones sobre equipos que nunca utilizaría en su casa. Abrí la puerta del alerón de estribor y salimos del aire acondicionado, recibí con mucho agrado aquel golpe en pleno rostro de la brisa marina, húmeda y cargada de salitre, del que me alimenté durante muchos años como si bebiera del seno de una madre hasta que me hizo todo un curtido hombre. Me despeinó con brusquedad, el viento estaba contento también por aquel inesperado encuentro, entonces, sin el menor recato y con todo el atrevimiento del mundo, la despeinó a ella para que yo la encontrara aún más bella, tal y como era, sin nada de pinturas en su juvenil rostro que sonreía por las ocurrencias de aquel viento loco mostrándome aquellas preciosas perlas que ocultaba en su boca de ángel. Juntos, muy juntos, nos asomamos a la baranda y disfrutamos del choque de las olas perdidas en su camino contra la fortaleza de nuestro casco, rebotaban con fuerza y luchaban con las otras que trataban de atacarnos, pude sentir el roce de nuestros brazos mientras nuestros ojos se dirigieron al cielo para encandilarse con la belleza del firmamento, entonces allí le hablé de algunas estrellas mis entrañables compañeras de viaje, esta conversación le interesaba mucho más que las de los equipos electrónicos, aquellos solo están vivos cuando se conectan y sus pasos por esta tierra son muy cortos, las estrellas son eternas. No dejé de sentir su proximidad aquella noche ni nunca, solo bastó un roce de nuestra piel para que nos trasmitiéramos todo el amor del mundo, vi por momentos el reflejo de las estrellas en sus ojos, así la vi en mis sueños cuando estábamos sentados en la Cota Mil.
Su madre llegó acompañada de varios visitantes, era lógico que se hubiera preocupado por su princesita, se repitió la escena de la explicación de los equipos y prendí el radar para verificar la posición del buque. Era muy tarde y todos nos fuimos a dormir, los visitantes serían distribuidos en los camarotes dedicados exclusivamente al pasaje.
Después de desayunar me quedé como hacía de costumbre fumándome un cigarrillo en el salón de Oficiales, al poco rato fueron llegando los visitantes, lo más seguro es que hayan sido despertados por la campanilla tocada por el camarero para anunciar las comidas. Ella pasó con su mamá y yo continué allí, ya no me interesaba darle mantenimiento al bote de servicio, permanecía sentado más del tiempo acostumbrado, atado por una fuerza extraña. Después que ambas hubieron desayunado, Marianela vino directamente hacia mí y me entregó una tarjetica con su dirección y número de teléfono, me pidió que en cuanto atracara el buque la llamara por teléfono y si se me ocurría llegar a Caracas la visitara, una hora después nos despedimos y pensé que sería para siempre, Caracas me quedaba a más de doscientos kilómetros, una distancia demasiado larga para un marino con poco dinero.
Puerto Cabello era un puerto pequeño, luego de bajar a tierra comprobé que era algo similar en tamaño al pueblo de Regla, solo se diferenciaba de éste en que Puerto Cabello era llano, aunque al final de lo que pude observar por los binoculares, existía una elevación con algo similar a una fortaleza. Sin embargo, superaba a Regla en su belleza y limpieza, la gente no se diferenciaba mucho a la nuestra, hablaban parecido a los orientales, con ese cantaíto que los distingue de los habaneros, pero en todo lo demás, los venezolanos son la gente que más se parece a nosotros en todos los aspectos, dicen que los puertorriqueños son muy parecidos también.
Como estaba libre el día del atraque, salí con el viejo Jefe de Máquinas Orlando del Río para la calle, teníamos un pacto secreto entre ambos, cuando andábamos en el extranjero y como él recibía un dinerito extra como gasto de representación, no me dejaba pagar nada. Cuando nos encontrábamos en Cuba y por tener él una retahíla de hijos regados por todas partes, entonces yo no lo dejaba pagar nada. Era un hombre de origen humilde, muy sencillo y se hizo Jefe de Máquinas empíricamente, por ello, yo lo ayudaba en los cálculos de la cantidad de combustible que tenía a bordo. Río no era un gran técnico teóricamente, pero en la práctica no existía el mejor entre los graduados en la Academia, que le pusiera un pie por delante, era sencillamente tremendo mecánico.
Salimos del puerto sin dirección fija, solo a explorar como hacíamos siempre, así que doblamos a la derecha y anduvimos unas dos cuadras hasta encontrarnos frente a un frondoso parque, en esa esquina había un bar, pero era muy temprano para ponernos a beber y nos encontrábamos muy cerca del puerto, así que no nos detuvimos y continuamos nuestro camino. Nos acercamos a la orilla del mar en lo que es un pequeño malecón, comprobamos que el pueblo no era muy largo y que ese malecón era continuado por una playa que al final doblaba en ele, y seguía hasta muy lejos bordeada por cocoteros. Despacio y observando lo poco que brinda Puerto Cabello en esa dirección, seguimos el camino paralelo al mar como si estuviéramos condenados a vivir muy cerca de él, allá donde la dirección de la playa cambia casi bruscamente y donde nacían los primeros cocoteros, habían varias fonditas con techos de guano que nos recordaron a las nuestras en tiempos que ya se iban borrando, una de ellas y creo que la mayor, se llamaba “El Pescaíto”, estaba casi vacía y decidimos descansar bajo ese techo de palmas, mientras nos tomábamos un delicioso café y la vista se perdía inoportunamente en un mar con calma chicha, como si nunca lo hubiéramos visto así. De vez en cuando nos llegaba una leve brisa con sabor a algas marinas, uno que otro botecito era varado en la playa y veíamos como su remero llegaba hasta la fondita con una ensarta de pargos, rabirrubias y chernitas entre otros, luego, regresaba a su bote guardando algo en los bolsillos de su pantalón corto, empujaba su nave hasta donde el agua le llegara a los muslos y saltó a su interior de la misma manera que lo hacían los jinetes para montar sus caballos, después, fue rompiendo esas aguas tranquilas con sus remos.
Media hora después y siendo aproximadamente las doce del mediodía comenzaron a llegar parroquianos, ya nuestra mesa mostraba dos botellas de cerveza Polar vacías y dos nuevas, totalmente llenas y heladas, habíamos comenzado nuestra jornada, yo sabía que no tendría éxito alguno si le solicitaba a Río que nos marcháramos, después de la segunda cerveza encargó dos pargos fritos con yuca y ensalada que tenía incluida una deliciosa lasca de aguacate, aquel gran plato no costaba más de dos dólares y se podía quedar lleno a reventar. Nos tomamos otro descanso antes de solicitar la próxima cerveza mientras aquella fonda se llenó de gente, de todos los colores y sexos, de edades diferentes, gente alegre y jodedora como nosotros, sentí encontrarme en Oriente.
Ya oscuro y cuando nuestra mesa mostraba con orgullo más de veinticuatro botellas vacías, unos jóvenes que se encontraban en una mesa contigua a la nuestra nos piden fósforos, y les lancé mi cajetilla, pude observar como después de encender sus cigarrillos, se dedicaron a mirar aquella extraña caja de fósforos para ellos. Sin poder evitar esa curiosidad que sentimos los latinos por saber algo, uno de ellos se aproximó a nuestra mesa.
-Si no les molesta pudieran decirme de donde son ustedes.- Dijo con mucha cortesía aquel joven de piel cobriza por el sol.
-Compadre, somos cubanos.- Respondí sin adornos.
-¿Cubanos de aquí o de allá?- Preguntó más intrigado aún.
-Cubanos de allá, de la isla.- Contesté con naturalidad mientras Río solo observaba.
-Chamo, si son de la isla, ¿qué hacen acá?-
-Compadre estamos en un barco mercante atracado en el puerto.- Los otros acompañantes de ese joven seguían con la vista el intercambio de cortas frases entre nosotros, y me imagino que trataban de leer el movimiento de nuestros labios, porque la música de la vitrola dejaba muy poco espacio para oír algo, por cierto, ya había escuchado algunos números de Barbarito Diez, Aragón, Lino Borges y Benny Moré, toda una reliquia que me sorprendió mucho, creo que a Río también aunque no era un gran amante de la música. Aquel muchacho me dio las gracias con mucha educación y se marchó a su mesa donde lo vi dando una conferencia a sus desesperados amigos.
Al rato el camarero nos trajo dos botellas de cerveza que no habíamos solicitado, nos dijo que era una invitación de aquellos jóvenes curiosos, diciendo esto tomó dos botellas vacías de nuestra mesa y las colocó en la de ellos, se lo agradecí con un saludo de manos. Media hora después no podían ocultar sus deseos en compartir con nosotros, por eso nos pidieron que liquidáramos nuestra cuenta y nos mudáramos para su mesa, así hicimos y allí nos recibieron con ráfagas de preguntas, todos querían saber de Cuba y su revolución, siempre fue así. Compartiendo con ellos llegaron unos militares y le solicitaron la identificación a cada uno de los parroquianos, nosotros mostramos un pase que nos dieron en el barco y no tuvimos problemas, era una operación en búsqueda de Douglas Bravo el líder de las guerrillas, que se había escapado de prisión o algo por el estilo.
Antes de despedirnos de aquellos muchachos, nos manifestaron que eran de Caracas y que al día siguiente partirían para allá como hacían los fines de semana, ya que se encontraban realizando prácticas en una refinería en ese pueblo, ellos eran graduados de ingeniería petroquímica o algo parecido, no puedo recordar con exactitud. Río ya tenía más de cuatro tragos arriba y le daba lo mismo Juana que la hermana, aceptó la invitación y me dijo; <<De los cobardes no se ha escrito nada, vamos a conocer Caracas mañana.>> Se lo tomé como una broma o borrachera, pero al despedirnos de los muchachos a la entrada del puerto, coordinó el punto y la hora donde nos encontraríamos al día siguiente.
Después del desayuno Río me fue a buscar al camarote para recordarme nuestro compromiso, entonces me dije; <<De los cobardes nunca se escribe, ¡Pa Caracas carajo!>> Al poco rato de estar allí, en la acera del bar que quedaba frente al frondoso parque, llegó el muchacho en su VW, pero nos pidió esperar unos minutos más, porque llegaría otro amigo que deseaba conocernos, así fue, llegó otro que no había estado la noche anterior en la fondita, éste poseía un flamante LTD convertible de la Ford de color rojo.
Luego de las presentaciones aquel hombre nos dijo que como nos dirigíamos a Caracas, pasáramos por su casa en Valencia desde donde había llegado para conocernos, y luego de compartir un poco con su familia continuáramos viaje, no lo encontramos mal y arrancamos por esa autopista que conduce a Caracas, una maravillosa ciudad que se devora en la medida que vas descendiendo hasta el fondo de ella y te traga dentro de su mundo. Delante de nosotros nos esperaba lo desconocido, pero de lo cual no podré arrepentirme nunca en la vida.
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