
-Atardecer en Cota Mil.
Tercera parte y final
En La Habana traté de reorganizar mis ideas y volver a situarme en el presente que estaba viviendo, la presencia de mi joven y adorable esposa acompañada de mi pequeño hijo, me ayudaron a soportar aquel duro golpe. Era casado y se lo había ocultado a Marianela, ella me preguntó una vez por esto y luego no insistió. Le mentí si, pero lo hice por amor y por amor se realizan actos increíbles, por amor se roba y se mata por ejemplo, yo solo mentí para defenderlo porque estaba realmente enamorado y de ello no tengo la menor culpa, nadie sabe cuando llega, ni nadie está preparado para rechazarlo. Mi esposa no se dio cuenta de aquella situación y nuestras vidas siguieron su cauce.
Uno de esos días en que me dirigía al buque para realizar una de mis guardias, al llegar al portalón me informaron que el Capitán quería verme con urgencia, razón por la que fui directamente a su camarote.
-Hay tres compañeros esperándote en el camarote.- Me dijo con desacostumbrada seriedad.
-¿En mi camarote?- Pregunté sorprendido y él supo a qué me refería.
-Si, yo lo abrí con la llave maestra.-
-Que raro, voy para allá entonces.- Aquello me intrigó y puso a trabajar todas mis neuronas en cuestión de segundos, cuando abrí el camarote comprobé que efectivamente allí estaban esos individuos, quienes habían traído tres sillas del comedor de oficiales y me reservaron la única que yo poseía junto al buró. Luego de las presentaciones formales me sugirieron que me sentara porque deseaban tener una reunión conmigo y así lo hice, entonces, se inició un bombardeo desorganizado de preguntas que se hacían en oportunidades de manera simultánea como tratando de confundirme, yo las respondía una a una e ignoraba las que se me hacían de esa forma. No deseo cansarlos ni hacer tan extensa esta narración, porque aquello que ellos llamaron reunión, y que resultó ser un interrogatorio, se extendió por más de dos horas, en una lucha constante por desmentir todas las acusaciones que se me hacían.
Como punto de partida me dijeron que ellos tenían información fidedigna, sobre mis relaciones con una mujer de muy buena posición económica en Venezuela y de mis constantes viajes a Caracas. Se insistía mucho en la posibilidad de que ella me hubiera captado para la CIA, nuestro eterno enemigo y fantasma que viajaba a nuestro lado en el exterior. Indagaron mucho también sobre la madre de Marianela y la posibilidad de que la agente fuera ella, debido a sus numerosos viajes a Cuba, creo que fueron alrededor de nueve los que me dijo ella y confirmaron estos agentes de la Seguridad del Estado, en fin, se sabían cada uno de los pormenores de mis visitas con lujo de detalles, y en la medida que ellos iban apareciendo, mi mente a una velocidad vertiginosa buscaba un posible delator, pudo muy bien ser el Capitán Héctor o el Jefe de Máquinas Río, pero la duda me invadía porque existían datos que ambos desconocían y que fueron aportados por estos personajes, fue entonces que me acordé de la gente de Prensa Latina.
Verdaderamente sentí asco por aquellos individuos, nunca pensé que un gobierno se ocuparía de la vida íntima de sus ciudadanos y encontraba ilógica esa postura enferma de ver enemigos donde quiera, hasta en las vaginas de las mujeres. Acepté con valentía todo lo que se decía sobre mí, y rechazando en todo momento que hubiera cometido un delito, era una situación absurda la que me encontraba atravesando y esas pequeñas cosas fueron las gotas que llenarían mi vaso. En esa época yo era militante de la Juventud Comunista, había sido formado bajo ese sistema, me sentía revolucionario y estaba convencido de que las cosas que se estaban haciendo eran correctas, a los errores siempre les hallaba una justificación, hasta que con los años éstas se agotaron, sin embargo, nunca fui ese militante fanático ni furibundo, creo haber sido un tipo crítico que se sentía con voz propia, algo extremadamente peligroso en esa nación. Como estaba consciente de los resultados positivos de los llamados “golpes de efecto” en los criterios de esta gente, y que son en muchos casos determinantes a la hora de llevarte un proceso en contra, y además, por sentirme verdaderamente ofendido, al finalizar les dije esto:
<< En primer lugar; soy hombre y joven, me paso mucho tiempo en el mar masturbándome y las mujeres me encantan, no me interesa si es la hija del Presidente de los EU o la del Secretario del PCUS de la Unión Soviética, si es una mujer allí voy a estar detrás de ella, si no les conviene como soy, deben buscarse maricones para tripular los barcos. En segundo lugar; estuve con esa muchacha de buena posición económica, me di muy buena vida en Caracas y me puedo considerar un afortunado por esto, entonces, si después de todo lo que ustedes saben yo regresé a este país a comer chícharos y huevos, no es para que me estén acosando en este interrogatorio, tenían que haberme llamado y darme una medalla.>> Encontré los resultados que esperaba, muchas justificaciones para hacerme comprender que no me estaban interrogando, y que debíamos estar siempre alertas por las armas tan sutiles que usaba el enemigo, cuando terminaron su porquería se marcharon. Luego, estuve conversando con Héctor y Río sobre estos acontecimientos y debo confesar que creí en la sinceridad de ellos, entonces mis dudas se trasladaron a Caracas.
Después de descargar el arroz venezolano, cargamos azúcar con destino al puerto de Cádiz en España, parte de la tripulación de ese barco había sido cambiada por nuevos marinos que pertenecían a una generación de militantes del partido y la juventud. Aquella familiaridad y alta moral que existían en los barcos iba desapareciendo, la flota se encontraba en un avanzado estado de descomposición moral, por esa razón me limitaba mucho más en mis relaciones personales con los tripulantes, nunca se sabía donde se escondía la traición. Seis años más tarde, el Partido del buque organizó un acto de repudio contra Orlando del Río al manifestar su decisión de abandonar el país vía Mariel. Increíble pero cierto, yo me enteré de ello y me causó mucho dolor, Río era un magnífico hombre, hace poco tiempo me dijeron que había fallecido en la Florida. Después de descargar en España cargamos en el puerto de Rotterdam para Cuba, ya el fuego de aquellas pasiones vividas en Venezuela se iba consumiendo y me orienté a buscar la paz con mis sentimientos.
Estando atracados en el muelle Sierra Maestra No.1 norte, solicito mis vacaciones, ya me había puesto de acuerdo con un amigo y habíamos alquilado habitaciones en el Motel “Los Jazmines” en el Valle de Viñales, él iría con su esposa e hija y yo iría con los míos. En cuanto me llegó el relevo entregué el cargo y cuando fui a entregar los documentos en la Empresa, allí me informaron que debía regresar al buque porque me estaban esperando, solo me tomó unos minutos el trayecto a pie hasta el barco. Voy hasta el camarote del Capitán y allí se encontraba un individuo del que no tenía la más mínima idea quien fuera, Héctor se retiró y nos dejó solos.
-Necesitamos tus servicios para un viaje a Venezuela.-
-¿Mis servicios?- Pregunté algo asombrado.
-Efectivamente, sabemos que usted conoce y se desenvolvió muy bien en Caracas.-
-Bueno y cuáles serían mis servicios.-
-Servirle de guía a unos compañeros que van a realizar un trabajo allá.- Cuando oí aquello el corazón se me quería salir del pecho, nuevamente cobraba fuerza la llama que nunca se había extinguido.
-Está bien, no hay problemas, ¿para cuando sería eso?-
-Sales mañana a bordo del buque escuela Viet Nam Heroico.-
-¿Mañana?-
-¿Algún problema?-
-Es que había reservado para irme a Viñales por unos días.-
-Deberás cancelar la reservación.-
-Está bien, pero mira, aquí están mis documentos, tu sabes el burocratismo que hay en esa Empresa, eso significaría que perdería el día entero en ella, hace falta que ordene mi enrolo y diga que yo pasaré a recoger mis documentos mañana por la mañana.-
-No hay problemas, ¿algo más?-
-Bueno ya me enrolaron en el Viet Nam, ¿a quién tengo que dirigirme en el barco?-
-No te preocupes, allí estará esperándote un Capitán de la Seguridad del Estado.-
-Creo que si no hay más nada debo regresar a la casa y preparar mentalmente a mi mujer sobre esta imprevista salida.-
-Te deseo buen viaje.- Me dijo el tipo al que ni me preocupé en preguntarle el nombre, mientras me alargaba su mano, así nos despedimos y nunca más volví a verlo en mi vida.
Mientras me dirigía a la casa de mi madre en Luyanó, me llegaron a la mente varios pensamientos que me acusaban y me hacían sentirme un miserable, había aceptado prestarle mis servicios a una gente, que probablemente le causarían pena al pueblo de Venezuela. Luego, yo mismo me daba aliento y buscaba una justificación a esta decisión tomada con premura; <<Si no acepto me expulsan de la Juventud Comunista y más tarde de la flota. >> Era una excusa lógica pero no dejaba de ser un cobarde al aceptar aquella propuesta, y mientras pensaba en esto, mi conciencia era la que buscaba la justa respuesta; <<No es cobardía, así marchan estos tiempos y tienes que sobreponerte a ellos, entonces todos fueran cobardes. >> Tenía razón la conciencia, además, podía justificar que lo hice por amor. Fueron muchos los pensamientos que pasaron por mi mente en ese trayecto, hasta que sin darme cuenta estaba en mi parada.
Finalizados los trámites de rigor me presenté en el buque, éste se encontraba atracado en el muelle del Estado Mayor de la Marina de Guerra, justamente frente al Jiguaní, entregué mis documentos y me condujeron al camarote del Capitán, que en esos momentos era ocupado por un Capitán de Corbeta de la Marina de Guerra nombrado Medina, allí y sin preámbulos, demostrando tener más superioridad y mando que el Jefe de la nave, un Capitán de la Seguridad del Estado de la raza negra le informó a Medina, que yo iría aparentemente como Tercer Oficial del buque, pero, una vez arribados a Puerto Cabello, yo tenía que ser excluido del servicio de guardias del buque, y no solo eso, Medina estaba obligado a recibir cualquier visita que yo llevara a bordo del buque. Pude ver en el rostro del Capitán el disgusto que le producían estas orientaciones, luego, durante ese mismo viaje caería en desgracias.
La guardia de navegación la hacía con el Segundo Oficial de Cubierta de apellido Sirú, éste había estudiado conmigo en el buque donde hoy navegábamos, como solo son tres días de navegación hasta Venezuela y por realizar las guardias de doce de la noche a cuatro de la mañana, y por la tarde de doce a cuatro nuevamente, se me veía muy poco la cara y eso evitó que me relacionara con la gente, me alegré de esta situación, porque de esa forma evadía preguntas inoportunas por parte de tripulantes que me conocían, siempre hubo uno que más o menos comprendió las razones de mi presencia en ese buque.
En dos o tres oportunidades nos reunimos en un camarote con el jefe de la seguridad, me refiero a los individuos que usarían de mis servicios como guía, eran tres, casi siempre se reiteraba en lo mismo, se hacía énfasis en las medidas de seguridad que se debían tomar, la discreción y sobre todas estas cosas, el peso de la justicia revolucionaria en caso de traición, ese mensaje iba dirigido a mí por ser el único que no formaba parte de aquel equipo.
Atracando en Puerto Cabello algunos estibadores me reconocieron y comenzaron a gritarme cosas, otros preguntaban por sus amigos del Jiguaní, y mientras esto sucedía, la gente del barco me miraba con asombro y preguntándose de dónde yo había salido. El primero en subir por la escala fue el director del puerto, un mulato grueso de apellido Mergarejo, quien al verme me saludó con mucha familiaridad y me invitó a que pasara por su oficina cuando fuera para la calle.
Otra gran sorpresa fue la presencia del supuesto periodista de Prensa Latina y su esposa, digo que supuestamente son periodistas, porque en todo el tiempo que estuve pernoctando en aquella oficina, además de las oportunidades en que pasé a deshoras para bañarme o cambiarme de ropa, nunca lo encontré trabajando. Diariamente se recibían periódicos de todos los órganos de prensa venezolana y se acumulaban tal y como llegaban, se abrieron solamente en los días que yo me quedaba allí, para leer en lo que esperaba a Marianela, ellos vivían en un lujoso apartamento del mismo edificio y tenían empleado a un teletipista venezolano, porque las leyes establecían que debían darle empleo a personas naturales del país. Todo su contenido de trabajo consistía en recoger la prensa, colar café en la mañana y cortar las tiras de papel del teletipo, no creo haberlo visto enviando alguna noticia. Ellos se sorprendieron al verme de nuevo y me dio la impresión de que mostraron un poco de nerviosismo.
La presencia de estos individuos me libró del papel que debía desempeñar y justificaba mi presencia en ese barco, sin embargo, cuando aquellos personajes partieron rumbo a Caracas con el matrimonio de Prensa Latina, el Capitán de la Seguridad del Estado me llamó a su camarote junto a su segundo me imagino y allí me comunicó que tenía prohibido salir solo a la calle. De momento, se le había dado la orden a un sobrecargo de apellido Cabrera, para que me acompañara a los lugares que yo deseaba visitar. Al menos ya conocía a otro de los tipos dentro de la flota que trabajaban para la seguridad, a Cabrera yo lo conocía desde hacía mucho tiempo, ambos dimos nuestro primer viaje a bordo del buque “Habana” a finales de los sesenta. Otro día en el cual llegué de imprevisto a ese camarote, me encontré también a otro sobrecargo de la flota, me refiero a Remigio Aras Jinalte y con el técnico de refrigeración de apellido Leal, ambos trabajando para la seguridad también. Al final del viaje en el que tanto Remigio como Cabrera iban examinando las asignaturas para oficiales de cubierta, asignaturas que les fueran regaladas por su condición de “segurosos”, llegaron a La Habana graduados de Pilotos de Altura y ninguno de ellos se encontraba capacitado en esos momentos para desempeñar el cargo, esto que digo no es una imaginación, es una realidad que pude comprobar cuando ellos fueron asignados para realizar guardias con nosotros en el puente, luego, tuvieron una asombrosa carrera ascendente hasta que se convirtieron en Capitanes, desafortunadamente tuve que navegar con Remigio como Primer Oficial y continuaba cargado de lagunas técnicas.
En el Viet Nam iban dos tripulantes más del Jiguaní, allí se encontraba un electricista de apellido Correa y nada menos que aquel segundo Oficial que tantas guardias me hiciera en el viaje anterior a este país, me refiero a Carlitos. Como Correa y yo teníamos algunos amigos comunes del viaje anterior, nos pusimos de acuerdo para ir al rescate de ellos y así fue, siempre, contando con la compañía de mi nana (Cabrera), aquellos venezolanos eran los tipos más jodedores que he conocido en mi vida, uno era abogado, el otro periodista y el último era miembro de la dirección del sindicato portuario, el mismo día de la llegada hice varias llamadas a la casa de Marianela y nadie respondió, entonces, nos fuimos de farras desde las ocho de la noche hasta las cinco de la mañana del día siguiente, casi toda la noche la pasamos en un bar llamado Copacabana, que se encuentra en las afueras de Puerto Cabello y donde trabajaban decenas de hermosas mujeres de Colombia y Venezuela, nosotros no tuvimos relaciones sexuales con ellas, bailábamos y nos divertíamos sin parar, pero hasta allí llegaron las cosas, esas rondas fueron casi diarias, llegó el momento de encontrarme tan saturado de cerveza que sentía deseos de marcharme, aquellos seres eran de verdad incansables y tenían un control sobre algunas de las hembras del Copa, que en dos oportunidades me expresaron que si deseaba acostarme con ellas, no costaba nada, cuando le pregunté por cuál razón, me respondió que así se lo habían orientado, pero no me quiso decir quien. No dejé de llamar un día a casa de Marianela y eso me desesperaba porque el tiempo se iba corriendo, además, la carga que recibiríamos allí era muy poca.
Un día nos invitaron a ir de visita hasta el pueblo de San Felipe en el Estado de Yaracuy y hasta allá me tuve que llevar a mi nana, a Correa le llamó la atención esa pegadera del tipo con nosotros, y más o menos a mi modo, tuve que decirle algo de lo que había para que se tranquilizara, porque el negro estaba a punto de decirle que nadie lo había invitado a salir con nosotros. Yo tenía otra lista de teléfonos de amigos, incluyendo la del Ingeniero en petróleos y no me dio la real gana de llamarlos, para no darle el gusto a mi nana de informar a su superior. Una de esas noches, se me ocurrió la idea de aceptar una invitación que me hiciera uno de los dos telegrafistas, Enriquito y yo habíamos compartido en ese buque en los viajes que había dado como estudiante, pues me fui con él a beberme unas cervezas en la playa, y cuando se dieron cuenta de mi ausencia, me dijo Correa que se formó un silencioso corre-corre en mi búsqueda, me imagino la descarga que tienen que haberle echado a mi nana, porque cuando regresamos al buque me estaba esperando en la escala real, y me llevó al camarote del Capitán de la Seguridad donde me dieron mi correspondiente tirón de orejas para refrescarme la memoria.
Unas dos horas antes de la salida del barco, me llegué con la nana hasta las oficinas de Melgarejo y le pedí que me dejara hacer una llamada a Caracas, ese día sentí cuando levantaron el auricular y su inconfundible voz diciendo hola.
-Marianela, ¿cómo estás?-
-Mi amor, ¿dónde te encuentras?-
-Estoy en Puerto Cabello.-
-Bueno, espérame que salgo para allá enseguida.-
-Mi cielo no lo hagas, no te dará tiempo de llegar porque el barco zarpa dentro de una hora para Surinam.- Recibí primero un intranquilo silencio, después su conocido llanto, apenas pudimos hablar y me explicó que se encontraba de vacaciones en la isla Margarita, que hacía solo unos minutos entraron a la casa, pero solo le entendía a medias la mitad de las cosas que me decía ahogada en el llanto. Al oír de nuevo su voz nació de pronto y con más fuerza aquella pasión que sintiera por ella, creo sin temor a equivocarme, que si se le hubiera ocurrido pedirme que desertara, yo me encontraría en estos momentos viviendo en Venezuela, aunque me acusaran luego de traidor a la Patria, en mi interior yo sabía que no traicionaría a nadie, y que si me quedaba en ese país lo hacía solamente por amor.
Solo Dios sabe por cual motivo nos separó aquellos días que eran decisivos en mi vida, tal vez, quiso ahorrarme la vergüenza de llevar el cargo de conciencia por haber abandonado a mi hijo, quizás, quiso mantenerme unido a mi joven esposa en aquellos difíciles momentos, solo Dios sabe todo esto. Partí nuevamente con una herida recién abierta, en el puente me mostraba taciturno y esquivo, no deseaba hablar con nadie, una semana después disfrutaba de la compañía de mi hijo y hasta hoy puedo decir con orgullo, que tengo una hermosa y muy unida familia.
He hablado de Marianela, su madre, hermanas, padre, sin mencionar nombres ni apellidos, todos los tengo guardados en mi memoria, su dirección, su casa, todo lo conservo con la misma frescura que las viví hace veintiséis años. No hago mención de ellas porque no es mi intención causarle el más mínimo problema a estas queridas personas. Marianela debe ser hoy una honorable mujer y ejemplar esposa, la madre más tierna y dulce entre las madres, debe ser adorable porque eso se sabe desde temprano. Yo sé perfectamente que las piedras rodando se encuentran, el Internet tiene un poder incalculable, y por esa razón he escrito estas líneas para ella, si alguien de los que la leen la conoce, hágaselo llegar, dígale que estas son las cenizas de aquel fuego que consumió nuestros corazones, y que si en algo nunca le mentí, eso lo escribí en mi gorra.
…………………………….. Marianela se marchó sin que me diera cuenta, caí en un profundo sueño cuando disfrutaba su compañía, sentía sus manos sobre mis cabellos y un beso que debió ser el de despedida………………. Estiré el brazo para apagar la alarma del despertador, siempre me quedo rezagado unos minutos más, yo sé que el reloj se encuentra adelantado unos minutos, por eso lo hago, pero un día me fallaron los cálculos y me quedé dormido, llegué tarde al trabajo. Despacio y evitando hacer ruidos me levanté, allí estaba mi esposa, es encantadora a pesar de que ya han pasado muchos años desde nuestra boda, no quería que se despertara porque ella llega muy tarde de su trabajo……………… En el baño, mientras me lavaba la boca y la cara, observé mis arrugas, no son tantas pero aumentarán poco a poco, mi cabello es cada día menos coposo y el negro le cede el paso al plateado, pronto seré abuelo pienso, este sueño se demoró veintiséis años en llegar a mi cama, si tengo que esperar nuevamente el mismo tiempo para volver a disfrutar de esto tan dulce, es posible que ya no me encuentre entre los vivos, ese será mi más preciado equipaje para ese viaje sin regreso………..
……………. Todavía no comprendo que relación guarda con nuestras vidas aquel edificio viejo, el parque sucio y el río de aguas negras…………… Antes de que se me olvide, díganle también que si existe otra vida iré todos los días por la Cota Mil y esperaré por ella.
Esteban Casañas Lostal
Montreal, Canadá.
2000-11-18
ABR


que quir o que ablen sobrte la tercera parte de aventura