
-Vista de la Cota Mil, Caracas, Venezuela.
Segunda parte
El hombre del LTD rojo resultó ser un ingeniero de una refinería en Puerto Cabello, no recuerdo si de la Mobil Oil y al llegar a su casa y presentarnos a su familia, puso a su esposa a freír tostones y chicharrones de puerco mientras colocaba al lado de Río una caja entera de ron Cacique, me dio por pensar que se había jodido el viaje a Caracas en cuanto Río probara el ron. Después de la cuarta botella vacía llamé a Caracas y hablé con la chica, ella prometió que me esperaría a cualquier hora que llegara, calculé que sería para las nueve de la noche aproximadamente y así fue.
Nada fácil separar a Río de aquellas botellas pero gracias a Dios me lo pude llevar, algo muy curioso y que me puso en estado de alerta nos sucedió entre botella y botella, aquel hombre se identificó rápidamente como una persona de ideas izquierdistas y simpatizante de la revolución cubana, eso no me asombró y ya estaba acostumbrado a oírlo, pero en medio de esos tragos, se ofreció a entregarme documentos secretos de la refinería para hacerla llegar a Cuba. Nada de eso me gustó y le respondí que éramos simplemente marinos mercantes, que debía buscar otra vía más segura para hacer llegar esos documentos.
Temí que fuera una trampa tendida por la inteligencia venezolana, o que sencillamente estaba ante la presencia de un tipo medio loco, además de eso, de aparecerme en Cuba con esos papeles era muy probable que yo tuviera problemas, después de la clara negativa no hubo más insistencia y así medio borracho me llevé a Río rumbo a Caracas, todo el viaje lo realizó medio dormido con parte de la ventanilla abierta para que el aire lo refrescara, afortunadamente antes de llegar a esa ciudad, se encontraba casi recuperado.
Llegamos a casa del chico y desde allí volví a llamar a Marianela, serían las ocho de la noche y le prometí estar en su casa antes de las nueve, el muchacho cambió de auto después de bañarse y partimos, cuando llevábamos varios minutos viajando hacia el centro, me pide la tarjetica con la dirección.
-¿Tu estás seguro de que te van a recibir en esta casa?- Preguntó sin poder ocultar la curiosidad.
-Bueno, has visto que he llamado en dos oportunidades, ¿por qué lo preguntas?-
-Porque esa dirección queda en una de las zonas exclusivas de Caracas, o sea, donde vive gente de billete, y si acabas de llegar a este país y te empatas con una chica que vive allí, eres un tipo afortunado, de veras.-
-No, resulta que ella es una chica muy jovencita que estuvo en el barco con su mamá, pero yo no estoy empatado con ella.-
-Como quiera que sea, apunta mi teléfono y dirección, no olvides que mañana regreso a Puerto Cabello a las cuatro de la tarde.- Por detrás de la tarjetica anoté sus datos y a los pocos minutos parqueaba su auto frente a una hermosa casa, cruzamos el jardín y cuando toqué el timbre de la puerta, fue ella quien me recibió con una sonrisa de la que se ofrecen a los amigos de los años. Luego apareció su mamá y Marianela aprovechó para llevarme a otro salón donde colgaban varios cuadros pintados por ella y otros comenzados, cada vez me sorprendía más, explicándome cada uno de ellos el muchacho que nos trajo anunció que se retiraba y fui a despedirlo, luego, le dije a la chica que tenía intenciones de regresar esa misma noche a Puerto Cabello. Le pidió permiso a su madre para sacarme a dar una vuelta en auto ante la intención nuestra de regresar y partimos, mientras Río quedaba sentado ante una botella de ron Habana Club que la madre de Marianela había traído de Cuba, siempre le pedí que bebiera despacio.
Yo masticaba goma de mascar con mentol, uno detrás del otro para eliminar el desagradable aliento etílico, yo no había bebido con la furia que lo hizo Río cuando se vio sentado al lado de doce botellas, si lo hubiera dejado, todavía estuviera bebiendo como un camello, aún así, nunca me gustó hablar a una mujer con olor a alcohol en la boca a menos que ella estuviera bebiendo conmigo.
La Cota Mil quedaba bastante cerca de su casa, una vez allí, el espectáculo que ofrecía Caracas a cualquier visitante es impresionante, mucho más cuando se viene de un país donde reina la oscuridad. El lugar estaba repleto de parejas de enamorados, salimos del auto y nos sentamos en un pequeño murito, su hermana quiso mantenerse dentro, era dos o tres años menor que Marianela, nos sentamos tan juntos que volví a sentir esa agradable sensación del roce de su brazo con el mío, la misma que sentí en el barco, y mientras observábamos las luces de la ciudad hablando cosas sin sentido, nos fuimos acercando lentamente hasta que llegamos a ser uno y surgió el inevitable beso, largo, dulce como el que nos dimos en este sueño, entonces, nos sentimos en el aire, volando por encima de aquella maravillosa alfombra incandescente, flotamos dentro de un universo que solo conocen los enamorados, luego, ardieron nuestras almas y cuerpos.
Regresamos pronto como le habíamos prometido a su madre y por el camino me preguntó si ya habíamos comido, al responderle que no, en cuanto llegamos a la casa se lo dijo a su mamá y partimos con ella en busca de un restaurante. Por el camino paramos en un garaje donde Río compró unas cervezas, bebía y sentía que se aliviaba el ardor que llevaba por dentro, no el del amor que comenzaba a sentir como un infante, el fuego que me producía el ron bebido durante el viaje. Realizamos un recorrido por Caracas de noche y cuando ya era demasiado tarde les pedí que nos llevaran hasta donde poder tomar un taxi o autobús para regresar. La madre dijo que durmiéramos en los muebles de la sala, porque todavía no conocíamos nada de esa bella ciudad, la cual recorreríamos en la mañana.
Muy temprano nos fuimos a desayunar en un restaurante para luego hacer el recorrido por Caracas, es una urbe encantadora aunque en las laderas de sus montañas el paisaje no sea muy agradable. Casi al mediodía subimos al teleférico, era impresionante cuando aquellas cabinas paraban a medio camino y eran tomadas por las nubes pasajeras, no sentí miedo, disfrutaba mucho de todo el paisaje, recuerdo que en la cima existía un hotel y me parece que una pista de patinaje, a esas alturas, ya Marianela y yo andábamos tomados de las manos, la madre solo nos observaba. El tiempo es implacable con los enamorados, contábamos los minutos que nos quedaban para estar juntos, después tal vez no volverían a repetirse aquellos momentos. Luego de almorzar partimos en dirección de la casa del amigo que nos había traído, Marianela y yo decidimos esperarlo en el parqueo del edificio, ella no se desprendía un solo segundo de mi cuerpo, entonces, un poco antes de partir me preguntó, cuando regresaría de nuevo.
-¿Por cuál razón, es que no deseas volver a verme?-
-Me encantaría estar abrazado a ti durante toda la vida, pero debes creerme que no puedo regresar.-
-Si, pero dame una razón que pueda convencerme.- Ya había aprendido a decir la verdad a medias y no me importaba decirla una vez más, lo único que podía suceder era perderla y éste era el momento oportuno antes de que las cosas tomaran un cauce más doloroso.
-No puedo regresar porque solamente nos pagaron noventa bolívares y ya lo he gastado, creo, que es una razón bastante fuerte y debes comprenderme.- Extrajo del bolso que colgaba de su hombro una billetera y la abrió ante mis ojos, pude ver en su interior cualquier cantidad de billetes de distintos colores.
-Toma los que necesite y prométeme que vas a regresar.- Con mis dos manos cerré aquella billetera y la deposité dentro de su bolsa, su madre no había visto nada de esto porque estaba conversando con Río de espaldas a nosotros.
-Perdóname, pero nunca me he atrevido a tomar dinero de ninguna mujer, no puedo hacerlo, no está dentro de mí, discúlpame te lo suplico.- Ella me abrazó y se puso a llorar aferrada a mi pecho, aquello me partió el alma pero no podía dar marcha atrás. Le levanté suavemente la cabeza y la besé en los ojos, luego, con dulzura en la boca.
-Haré lo imposible por regresar, te lo prometo.- Ella me premió con una sonrisa de niña y mujer, nos abrazamos y besamos para despedirnos, ya me estaban esperando, le di un beso a su mamá y partimos, yo hacía el viaje en silencio mientras Río y el chofer me dirigían todo tipo de bromas, decían que yo estaba enamorado y no se equivocaron.
Esa noche en el barco pudimos ver la final del Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado que se estaba celebrando en La Habana, allí vimos la gran rechifla que el público cubano le otorgó a uno de sus campeones, me refiero a Rolando Garbey a quien los jueces beneficiaron en sus votaciones en la pelea contra el venezolano Alfredo Lemus, quien le había ganado de calle al cubano, unos años más tarde le recordé a Garbey en Angola este capítulo de su carrera, y todavía él se consideraba el vencedor, parece que todo el público en el estadio se había equivocado.
A la mañana siguiente me incorporé al régimen de guardias y comenzaba a pagar las deudas con el Segundo Oficial por hacerme una durante mi estancia en la capital. Al mediodía, el Capitán me pide que vaya hasta las Oficinas del Agente para enviar un mensaje a La Habana, ésta se encontraba en las afueras del puerto, pero solo a unos cincuenta metros de la entrada. Salir del confort del aire acondicionado en esos momentos era una verdadera tortura, la temperatura nunca bajó de los 30 grados centígrados y por lo general en horas de la tarde se formaban fuertes turbonadas, que demoraban las lentas operaciones de carga.
Cuando estaba llegando a la caseta donde se encontraba la aduana, veo que entra Marianela con su mamá y una hermana, ella se adelantó y prendida de mi cuello, después de intercambiar un beso me dijo que venían por mí. Saludé a ambas con sonados besos y les dije que me esperaran en el barco, porque debía hacer una diligencia del Capitán.
Ya estaban almorzando y ocupé mi puesto en la mesa, los oficiales que se sentaban a mi lado le cedieron el puesto a mi suegra y cuñada, Marianela estaba al lado mío y mientras cenábamos, se intercambiaban jaranas con el resto de la oficialidad, luego del postre me retiré hasta el camarote el cual se encontraba en la misma cubierta del comedor, seguido por mi pequeña.
-Marianela, ¿estás loca?, ¿cómo has hecho venir a tu mamá hasta aquí?, ¿no te dije que yo no tenía dinero para regresar a Caracas?- Le hablé en un tono un poco serio, que ella supo destrozar con esa simpática sonrisa, no había persona en el mundo que se le pudiera resistir, tal vez digo esto porque me sentía enamorado.
-¿Ya terminaste de hablar verdad? Entonces ahora me escuchas por favor, para mi mamá no es ningún sacrificio traerme hasta aquí con el fin de buscarte, los otros días cuando vinimos, ella puso sus dos autos a disposición de un grupo de personas que verdaderamente no conocía, cómo puedes creer que se negaría, ahora bien, con relación al dinero no te preocupes, yo tengo mis ahorros que usaré para invitarte a pasar unos días en Caracas, ya esto lo consulté con mi mamá y ella está totalmente de acuerdo, de lo contrario no hubiera venido, muy bien, si tu no deseas aceptar nada de mi dinero no te obligaré, tu vas como invitado mío y yo asumo todos tus gastos, ¿estás de acuerdo?-
-No puedo estar de acuerdo porque es la misma cosa que si me entregaras el dinero, ¿tienes idea de los gastos de todos esos días que mencionas?, no Mari, no estoy de acuerdo.-
-Muy bien, esa debe ser tu última palabra, la mía es la siguiente, recoge la ropa que vayas a llevar, porque nos vamos y no hay más nada que hablar, te espero en el camarote del Capitán.- Ahora la que pareció enojada fue ella, giró sobre sus pasos y salió del camarote, yo la sentí subiendo la escala y fui a lavarme la boca. Pasarían pocos segundos cuando el Capitán bajó, aún yo me lavaba y oigo cuando dice a mis espaldas.-
-Compadre agarra la ropa que te vas a llevar y no te hagas de rogar.-
-Coño Héctor, el problema es que no tengo ni un medio, ¿cómo crees que voy a salir pegado?-
-A mi nada de eso me importa, el asunto es que si tu no vas yo no puedo ir entonces a conocer Caracas, acuérdate que aquí tu eres el dueño de los caballitos, y de verdad mi hermano, tengo unos deseos del carajo de conocer esa ciudad.-
-¿Y el asunto de las guardias?-
-Ya yo cuadré eso con el Primer y Segundo Oficial en lo que estabas en la oficina del Agente.-
-Coño, de verdad que esa muchachita es rápida.-
-Está enamorada, y no sé, pero me parece que tú también estás medio “cojío”.-
-Jake Mate compadre, vamos hasta allá arriba.- Cuando llegamos al camarote del Capitán ella me recibió con una pícara sonrisa, y luego de coordinar todo lo relacionado a las guardias con los otros Oficiales, partimos hacia Caracas.
Esta visita duró más de una semana, solo haré un resumen de los aspectos más importantes de ella. Desde ese mismo día fuimos a dormir a las oficinas de Prensa Latina, ésta se encontraba en un edificio alto del centro de la ciudad, es una verdadera pena no contar con un mapa para poder determinar el nombre de las calles. Decidimos ir a dormir para allá porque era mucho más cómodo para nosotros a la hora de dormir, bañarnos, cambiarnos de ropa etc. Llegamos hasta ella porque ya el Capitán había sido invitado por el supuesto periodista, en una visita que realizara a nuestro buque. Héctor se independizó rápido después de conquistar a otra muchacha, razón por la cual, solo coincidíamos de noche o en algunos de los paseos que dio con nosotros, eso me dio mucho más margen para conocer profundamente a Marianela. Por la mañana ella pasaba por mí a eso de las diez y después de desayunar en cualquier cafetería, hacíamos un recorrido por la ciudad, esos recorridos diarios me ayudaron a conocer Caracas muy bien, al extremo de que durante los últimos días, era yo quien conducía el auto, provocando un gran nerviosismo en Héctor. Después de esos recorridos, siempre por zonas nuevas de la ciudad, íbamos para la casa donde nos poníamos a oír música, yo la enseñaba a dar algunos pasos de Salsa (que en Cuba le llamábamos Casino), nos tomábamos algún trago y ya a las dos o tres de la tarde partíamos para un restaurante, durante todo el tiempo que estuve compartiendo con ellos, nunca se cocinó en aquella casa.
Llevamos al Capitán hasta el teleférico, luego yo fui con ellas a pasarme un día en una casa que tenían en la playa de Caraballeda, de paso visitamos la Guaira, me conocí casi perfectamente las zonas de Altamira, La Castellana, Los Palos Grandes, El Chacao y otros que no recuerdo su nombre.
Con el Capitán fuimos invitados a almorzar en el penthouse de aquella hermosa mujer que visitó nuestro buque cuando llegamos, al llegar al edificio notamos que estaba escoltado por hombres armados, allí vivían personas importantes del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Resultó ser, que el esposo de ella estaba encargado en esos momentos de los trámites para restablecer las relaciones con Cuba. Al entrar en el lujoso apartamento, la sala se encontraba decorada con una foto inmensa, dentro de un finísimo cuadro, donde aparecían ambos esposos retratados con Fidel Castro, luego ella nos mostró una gorra de campaña dedicada a ellos y firmada por Fidel, además de un voluminoso álbum de fotografías, todas de la pareja junto al Comandante.
Luego del protocolo que se produce en la primera ocasión en la cual se visita a una persona, y con un poco más de familiaridad en el ambiente, Marianela y yo salimos a la amplia terraza, creo que fue allí donde hablamos más serio que nunca, tocamos muchos temas de nuestras relaciones y su futuro. Por mi parte le expresé, que aquella locura nunca iba a llegar a formalizarse, ella en cambio, me hablaba de su disposición a casarse conmigo, por mucho que le explicaba que en Cuba no existían las más mínimas condiciones para que ella se fuera a vivir, ella le encontraba una solución, le expliqué lo duro que era la isla, las privaciones que sufría la población, la imposibilidad de brindarle un techo, etc., y ante todo ese desfile de obstáculos, ella manifestaba que era capaz de soportarlos. Tocamos el tema de mi deserción en Venezuela y mi posición fue negativa, ella siguió insistiendo en irse a vivir a Cuba, contando con la ayuda del padre. Yo tengo el firme convencimiento de que en aquellos momentos, ella se encontraba enamorada de mí con la misma intensidad que yo lo estaba de ella, y hay que sumar también a esta decisión de soportar cualquier sacrificio en nombre del amor, que Marianela se encontraba en esos momentos navegando en la cresta de una ola de ideas izquierdistas, creo, que por la influencia recibida en la escuela. En su cuarto tenía colgados en la pared pósters de Camilo Torres y del Ché Guevara.
Almorzamos una deliciosa comida criolla preparada por la señora, que nada tenía de diferencia a la comida cubana, el esposo se encontraría con nosotros en horas de la tarde, así que después de finalizado el almuerzo, salimos en el auto de ella, un deslumbrante Mercedes Benz a dar una vuelta por la ciudad, incluyendo la capilla donde guardan los restos de Simón Bolívar y el Palacio de Gobierno, siendo aproximadamente las seis de la tarde nos encontramos con su esposo en un lugar determinado, era un tipo grandísimo que usaba barbas igual a Fidel pero muy atento, creo, que sin habernos hecho la digestión, entramos a un restaurante muy famoso en aquella época y que se anunciaba por la tele, me refiero al “Rincón Criollo”, fue una cena de mucho protocolo muy diferente al almuerzo que disfrutamos con la esposa.
Después de esa ocasión, me volví a reunir con Héctor el día de mi cumpleaños, mi suegra me dio una sorpresa, fuimos a un club llamado “Primera Plana” y el segundo show de la orquesta me lo dedicaron con música cubana. Mi suegra era una mujer bella que se mantenía muy bien después de haber tenido varios partos, era de un carácter muy dulce y agradable, nunca la vi pelear con sus hijas en todo el tiempo que compartí con ellas, la llamo como suegra, porque sin haber formalizado aquellas relaciones, Marianela y yo andábamos de novios con su consentimiento.
Luego de esos maravillosos días compartidos con ella totalmente, y después de haber rehusado infinidad de invitaciones hechas por personas de muy buenas posiciones económicas, para distintos banquetes y fiestas, por el solo hecho de que era con ella, la persona a quien deseaba dedicarle cada minuto de mi estancia en Caracas, así como también, no deseaba que me tomaran como un objeto de exhibición, pues la noticia de que habían cubanos de la isla en Caracas, formó su revuelo en un círculo de personas, que se disputaban por tenernos entre ellos y esa experiencia yo la había vivido en Chile, satisfacer la curiosidad de muchos y hablarles lo que ellos deseaban oír, que Cuba era un paraíso.
Después de esa vida antes desconocida para mí, llegó el momento de despedirnos, otro trago amargo pero mucho más amargo que la vez anterior, Marianela se convirtió de nuevo en un mar de lágrimas, cuando me fueron a dejar en el edificio donde nos quedábamos a dormir, a mí me partía el alma porque yo lo sentía también, no creo haber dado en toda mi vida de marino un viaje como aquel.
De nuevo en Puerto Cabello, las operaciones continuaban con mucha lentitud debido a las lluvias, razón por la que todavía el buque se demoraría, y todos los días siguientes me los pasaría pagando las guardias que me habían hecho los otros Oficiales. Uno de esos días, llegó Marianela nuevamente al barco acompañada de una hermana, para decirme que las había traído su padre, pero que en la aduana no lo dejaban pasar porque no tenía pase, con ellos viajaba también, uno de los dos médicos que conocimos en Caracas y se encontraban trabajando allí, por encargo de las Naciones Unidas.
-Muñeca, creo que ahora si te has vuelto loca definitivamente.- Le dije después de besarla y besar a su hermana.
-¿Por qué lo dices?- Respondió ella con su risa pícara.
-Sabes perfectamente que lo digo por tu padre.- Le contesté eso porque hasta donde me habían contado ellas en mis viajes a Caracas, su padre era algo muy próximo a un ogro. No vivía en la casa por estar divorciado de la madre de Marianela desde hacía varios años.
-Mi padre no se come a nadie.- Me contestó tranquilamente.
-Pero como ustedes decían.-
-Yo nunca te dije nada de mi padre, esos comentarios los hicieron mis hermanas pero yo no tengo quejas de él.-
-Bueno, que sea lo que Dios quiera, vamos hasta la aduana para ver que se puede resolver.- Cuando me lo presentó, el hombre me dio un fuerte apretón de manos mientras me miraba fijo a los ojos, era como si tratara de leer algo en ellos. Me causó buena impresión ese saludo, nunca me han gustado los hombres que te brindan la mano con la suavidad que lo hace cualquier mujer, por regla general y por la experiencia adquirida durante muchos años de trabajo continuo con ellos, casi siempre resultan personas cobardes e hipócritas. Saludé al médico y me dirigí a la caseta donde se encontraba el aduanero, me atendió con mucha cortesía y me explicó que por ser sábado y pasado el mediodía, la aduana se encontraba cerrada y de la única forma que podían pasar era si lo autorizaba el Mayor que se encontraba de servicio en la Comandancia General. Le pedí de favor que me concertara una cita con el mencionado Mayor, y después de colgar el teléfono me explicó como llegar a la Comandancia.
Le pedí al padre de Marianela y al médico que me esperaran unos minutos, mientras acompañaba a las muchachas hasta el barco. Conversando con el Capitán me sugirió ponerme el uniforme blanco de Oficial de la marina, era lo más adecuado para visitar un campamento militar y así lo hice, al final tuvo razón.
El campamento se encontraba en las afueras de Puerto Cabello, no recuerdo exactamente si en la misma carretera que se une con la autopista que lleva a Caracas. Al descender del auto la posta se me cuadra militarmente y yo respondo al saludo de igual manera, entonces salió un Sargento de la caseta.
-¿Qué desea el señor Oficial?- Lo dijo en un tono tan alto y chocando los talones de las botas mientras se cuadraba militarmente, que por poco suelto la carcajada, lo saludé también.
-Sargento, tengo una cita con el Mayor.- Le contesté.
-Por favor espere unos segundos.- Se dirigió al interior de la caseta y pude observar cuando hablaba por teléfono a través de una amplia ventana.
-¡Cabo, lleve al señor Oficial a la oficina del Mayor!- Entonces a una seña de éste lo seguí, todo esto ocurría ante las miradas del médico y mi suegro. Aquel campamento es bastante grande, tiene aspecto de ser una escuela militar, se encontraba pulcramente limpio y a mi paso todos los soldados se paraban para saludar militarmente, me dio la impresión de que eran alumnos o cadetes. Debo aclarar a los que leen estas líneas, que toda aquella algarabía se debía a la casi similitud que existe entre los grados de la marina mercante y la de guerra.
Me trataron con mucha cortesía y compartí un trago de ron a la roca con el Mayor, me prometió que cuando llegara a la aduana ya estaría autorizada la entrada de esas personas. La retirada fue similar en cuanto a la distribución de saludos, me recordó aquellos tiempos que estuve en el ejército. Ya dentro del auto y alejados de la posta, el médico pudo desahogar la risa que llevaba dentro, diciéndome General y no sé cuantas cosas. Efectivamente, casi no tuvimos que parar el auto, el mismo aduanero nos hizo señas para que continuáramos. Llegamos hasta el camarote del Capitán y allí se encontraba Marianela y su hermana, éste llamó al Mayordomo para que nos pusiera el servicio de almuerzo, ya las muchachas lo habían hecho con la oficialidad.
Después de almorzar y disfrutando de un trago de ron en el camarote del Capitán, que a esa hora quería que mi suegro los probara todos, el hombre se me queda mirando y me dice:
-Recoge tus cosas que nos vamos para Caracas.- Me quedé pasmado.
-Bueno, pero el problema es que me encuentro de guardia y esto me ha tomado por sorpresa, yo no he coordinado nada con los otros Oficiales y sinceramente me da pena volver a molestarlos.-
-Ve y recoge tus cosas porque ya todo está arreglado.- Me dijo el Capitán.
-¿Cómo es eso Héctor?-
-Como lo oyes, en lo que estabas para la Comandancia Marianela se encargó de hablarle a Luis y a Carlos.- La miré y no me quedó más remedio que reír, ella no me quería mirar, entonces de un salto se levantó y me tomó por el brazo.
-Vamos a buscar tu ropa, no oíste que todo estaba resuelto.- Todos se rieron de las ocurrencias de Marianela. Bajamos y en el camarote pudimos al fin besarnos, no digo yo a Caracas, hubiera ido hasta el mismo infierno si ella me lo hubiera pedido. Media hora después partimos, el médico se quedaría a bordo y yo haría el viaje solo a la capital, Nela salía del muelle con mi gorra de Oficial puesta, no podía negársela, ese fue mi único regalo. Al rato de estar en la autopista, la hermana de Marianela inclina su asiento totalmente, quedando en una posición donde se podía dormir tranquilamente, pero al realizar esta maniobra obligó a Nela a sentarse muy pegada a mí, a cada rato ella hacía por agarrarme las manos y yo trataba de esquivarla, para que el padre no pudiera vernos por el espejo retrovisor en esa agarradera, pero ella insistía constantemente, hasta que por fin el hombre nos pilló.
-Sabes hija, que de los novios que has tenido el único que me gusta para que te cases es Esteban.- No puedo ocultar que me quedé frío con lo que acababa de oír, entonces ella me tomó las manos y no volvería a soltarlas durante todo el trayecto.
-Pipo queremos casarnos, pero debe ser más adelante.- Contestó ella.
-¿Para cuándo?-
-Para cuando regrese nuevamente.-
-¿Y eso para qué fecha será?-
-No hay fecha fija.- Dijo ella.
-¿Y tu no hablas Esteban o es que esta niña te va a gobernar?-
-Yo si hablo, solo que cuando ella me da una oportunidad.-
-Bueno, ahora pararemos en Valencia porque te voy a llevar a un lugar que yo conozco, para que pruebes un plato típico venezolano.-
Parando y probando nos tomamos más de seis horas de viaje, yo me sentí muy cómodo con el padre de Nela y parece que le caí muy bien, luego, cuando nos dejó en la casa y las chicas le hacían el cuento a su madre y hermanas, ninguna quería creerlo y me preguntaban, << ¿Qué le había hecho al viejo en Puerto Cabello>>.
Pasé tres o cuatro días más en Caracas, hasta que el Capitán me llamó por teléfono y me pidió que regresara porque las operaciones estaban llegando a su fin. Esa fue la peor de todas las despedidas, tanto para ella como para mí, durante el trayecto en auto desde su casa hasta el centro de Caracas, no dejó de llorar desconsoladamente recostada en mi hombro, nada de lo que dijera su hermana mayor, quien estaba conduciendo en esos momentos, la calmaba, creo que estuvo al borde de una crisis y aquella escena me produjo muchos sentimientos, yo la amaba y no se lo decía, así de tercos e inexpresivos somos muchos hombres, demasiados duros para soltar esa palabra, solo alcancé a escribirla en el interior de la gorra, “Marianela te amo”, minutos antes de que ella partiera de regreso a su casa y abrazados en la acera frente a la puerta del edificio, me dijo; que una de las acciones mías que más le había gustado, fue cuando no quise aceptar dinero de ella. Las palabras escritas en aquella gorra fueron una de mis grandes verdades y en la medida que me alejaba de ella, sentía como se me desgarraba el corazón, estaba locamente enamorado de aquella niña mujer.
La salida de Puerto Cabello tuvo mucha similitud a las normales partidas de La Habana, la gente corriendo por el malecón habanero, la gente de Puerto Cabello diciéndonos adiós con pañuelos, otros tocaban el claxon de los autos y muchos intercambios de gritos y saludos. Fue entrañable y muy grande la amistad que todos los tripulantes hicieron con la gente de ese pueblo. Aquella pitada larga de despedida a veces la llevo grabada en la mente, era la misma de nuestras llegadas o salidas a La Habana, pitadas que al llegar producen risas y al partir caras tristes, así estaba yo y aquella larga pitada me erizó, sentía que dejaba algo muy valioso de mi vida, después, muchos días de silencio. En mi camarote viajaba su presencia, allí estaban sus fotos y los libros que me había regalado, recuerdo aún sus títulos; El retén de Catia, Manuela Saenz la libertadora, En Cuba de Ernesto Cardenal, Conferencia de Ernesto Cardenal en la Universidad de Carabobo, Simón Bolivar y uno que narraba la vida de un delincuente de apellido Brisuela titulado, “Soy un delincuente”, puso también en aquella bolsa un disco del grupo español Fórmula V que se encontraba en boga, y un pequeño cuadro al óleo pintado por ella. Todas esas cosas las perdí en La Habana, solo conservé el disco, hoy he vuelto a conseguir el mismo disco y cuando lo oigo, por esa magia que tiene la música viajo hasta Caracas.
Varios tripulantes durante el viaje de regreso a Cuba, me preguntaron si le había sacado plata a la muchacha, al parecer Río había cometido alguna imprudencia al narrar su viaje a la capital, creo, que nunca me había sentido tan ofendido y avergonzado como cuando me hacían esa pregunta, a las que yo respondía con ofensas. Parece que abundan las personas incapaces de comprender que hay cosas más valiosas que el dinero, y que con todo el dinero del mundo no se pueden alcanzar, el amor es una de esas cosas y yo logré obtenerlo de ella, ¿qué más podía pedir?
Por la popa de nuestro buque iban quedando muchos gratos recuerdos, los de un pueblo muy parecido al nuestro, hospitalario, alegre, dicharachero y muy solidario. Dejamos un país donde en aquellos momentos se respiraba prosperidad, había pobreza como en todas las partes de este mundo, pero no era generalizada y la gente se sentía contenta, quien hubiera podido imaginarse que unos años después, la corrupción de sus gobernantes lo llevaría casi hasta la bancarrota, era increíble porque Venezuela siempre ha sido uno de los países más ricos de este continente.
Como sabía que era muy difícil se repitiera un viaje a este país, me resigné a viajar y vivir con mis recuerdos, serían a partir de entonces como una vela que se va derritiendo con el tiempo, y aquellos momentos amargos de la separación, se fueron transformando en los más dulces y sublimes hasta el día de hoy, ese es uno de los tesoros más grandes de esta vida que me llevo para ese largo viaje.
(continuará…)
Esteban Casañas Lostal
Montreal, Canada
2000-11-18
ABR

