Fue una de esas tardes bochornosas de Santiago la última vez que compartimos, la puerta de su casa permanecía abierta de par en par, mostraba con indiferencia y descaro todas sus miserias. La sala era bastante amplia para los pocos muebles, los mismos que tal vez pertenecieron a su abuelo, no recuerdo exactamente si eran de mimbre. Junto a mi butaca y sobre el piso, un vaso a medias de Paticruzao sin hielo, como lo bebían allá, puro strike. Piri no bebía desde hacía mucho tiempo, la salud no se lo permitía, me dijo que se había convertido en una olla de presión a punto de explotar. Hablábamos de cosas sin importancia, nada lo era y todo nos inquietaba, lo hacíamos muy mal, tal vez bien, quién pudiera saberlo, nos cuidábamos de las paredes con orejas. Nuestra conversación era un susurro muchas veces interrumpido por la gritería de sus hijos, eran varios, no recuerdo cuantos.

Motonave "Moncada"
Al fondo de aquella sala se empinaba una rústica escalera de madera, muy mal trabajada. Algunas de sus tablas conservaban viejos letreros, varias de ellas escritas en el alfabeto cirílico, otras en chino. Pude leer una que decía claramente, como si fuera el título de una película: “Carne en conserva”. Unos pasos antes de llegar a la cima, existía otro pedazo de tabla que decía: “Made in U.R.S…”
Yo sabía, todos sabíamos desde dónde había viajado aquel pedazo de madera, pero el serrucho eliminó la última S para dar entrada a una puerta. No era una puerta en el sentido correcto de la palabra, parecía la entrada de una cueva. Luego me contó con orgullo exagerado, sano, casi infantil, que en aquella barbacoa artesanal dormían sus “Chivos”. Estábamos enrolados en el buque Moncada, yo como Primer Oficial y él como camarotero, pero nos conocíamos desde hacía muchos años.
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El remolcador se estremeció con movimientos casi telúricos cuando su máquina aplicó todas las revoluciones en marcha invertida, comenzó a separarse del casco mientras algunas andanadas de un humo negro muy denso invadieron el portalón. Los curiosos corrieron hacia popa para escapar de él, pero el viento era mucho más rápido y los atrapó. Virutas de hollín se mantuvieron flotando algunos segundos, lo hacían separados del pesado humo que recorría el pasillo en dirección a la popa. Luego, caían sobre cubierta mezclados con los copos de nieve que volaban desorganizadamente, como si el viento las golpeara desde diferentes direcciones. Finalmente, formaban una fina y exótica nata muy blanca, un manto de terciopelo inmaculado manchado de lunares negros. Los copos que caían en el mar desaparecían rápidamente con la turbulencia de las aguas provocadas por la marcha del remolcador, todos los seguían con la mirada. Las nevadas eran espectáculos extraordinarios que disfrutaban muy pocas veces en sus vidas y cada copo silencioso iba componiendo las notas de una bella sinfonía para sordos, como sus vidas.

Najodka
-¡Tiemplen por nosotros! Alguien gritó desde el portalón y retumbó en la espalda del último marino en entrar y cerrar la puerta del pequeño saloncito dispuesto para los pasajeros de aquel remolcador. ¿Templar? Una meta, una idea, un destino, un fin, el significado de una vida, el sentido de una vaga existencia, la razón de ser y vivir. Encima de una pequeña mesita fija al piso por rústicos tornillos y de una sola pata, dos ceniceros repletos de colillas malolientes. Un calefactor portátil que apenas lograba mantener tibio el local, un cuadro a relieve de Lenin colgaba junto a un mural repleto de hojitas con notas y dos o tres fotografías en blanco y negro. Deben ser resúmenes de los chequeos de emulación, orientaciones, directivas, amenazas veladas, pensó Medina cuando sus ojos chocaron con ellas. Los marineros del remolcador se quitaron sus chubasqueros y los colgaron en unos ganchos dispuestos junto a la puerta, después, desaparecieron por una puertecita que conducía al puente de mando.
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Escribiendo sobre la muerte de Francisco Montalvo Peñalver, quien fuera despedido con altos honores y sepultado en el panteón exclusivo de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana. Según nota aparecida en el diario gubernamental Granma y la página de Internet de la estación Radio Habana Cuba, tuve que detenerme ante ciertas inexactitudes encontradas en la información ofrecida al público. Esa repentina curiosidad, me condujo a una búsqueda casi enfermiza sobre las noticias que debieron cubrir aquel acontecimiento que convirtiera a Pancho en un héroe, no solo a él, los únicos dos tripulantes que navegaban en ese buque bajo la condición de “simples”, fueron convertidos en militantes gracias a la varita mágica del principal mago de la isla. Debemos remontarnos entonces hasta esos tiempos, pero no sin antes ofrecerles el párrafo que despertara mi interés por lo ocurrido al buque “Hermann”.

…Justino Rodríguez Ramírez evocó que durante el artero ataque terrorista su compañero enfiló el timón del barco hacia una torre de petróleo para no dejarse capturar por unos yanquis arrogantes y cobardes que dispararon a mansalva contra una embarcación pequeña y desarmada… (Nota aparecida en la página de Radio Habana Cuba)
¿Cuál era la escenografía del momento en este conocido teatro cubano? (más…)
Si usted camina por la calle 16 del Lawton rumbo a Juanelo, comprobará que esta calle nace o muere junto a la línea del tren. Extienda su mirada por encima de los rieles hacia la otra orilla, no dudará que existe una pequeña callecita con acera de aquel lado. Aunque usted no lo crea tiene nombre, se llama San Juan Bosco y dobla en una curvita unos metros a la izquierda de sus ojos, hay también una leve lomita en este tramo de escasos pasos. Sin aún decidirse a cruzar el trillo formado por el constante flujo de sus vecinos en ambas direcciones, fíjese bien en una humilde casita que se encuentra exactamente en línea recta con la calle 16. Ese era el hogar de Pancho y la acera que hay junto a ella, el sitio donde nos reuníamos los muchachos del barrio a escuchar Nocturno con un radio de baterías que sacaban de la casa de Estrella.

Estrella tenía varias hijas, yo llegué a ese sitio gracias a Juanito, uno de los varones que formaban su numerosa prole, habíamos coincidido en el Servicio Militar Obligatorio. Ellos tenían su campamento al fondo de la casa de Pancho, o mejor dicho, la casita de Mercedes, que así se llamaba su mamá.
Pancho era algo menor que yo, un muchachón sano, alto, muy espigado para su edad. Tenía una hermana que se llama Elisa, más joven que él y a la que Mercedes tenía bajo un estricto control, sin embargo, participaba con toda libertad en aquellas tertulias musicales de cada noche. El grupito fue creciendo, sumando todas las hijas de Estrella, que eran cuatro. Juanito no participaba, vivía muy ocupado o enamorado de su joven y bella mulatica. Pancho, Elisa y yo sumamos siete, pero después se nos integró Pastor, un muchacho algo alocado e hiperactivo que viajaba diariamente desde 20 de Mayo y Marta Abreu con el sano propósito de disfrutar el programa con nosotros. Luisito se llegaba de vez en vez y cuando reía, la bombilla del poste de la luz que existía junto a la carnicería que se encuentra donde termina la calle 16, rebotaba como destellos de faros en el diente de oro que gustaba mostrar a todos. Un tiempo después se metió a militar y abandonó nuestras reuniones. Uno que otro se llegaba esporádicamente, pero sin llegar a formar parte de nuestra nómina.
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Siempre existieron tiempos mejores, diremos los cubanos cuando nuestras miradas regresen sobre el camino recorrido. Los marinos también sufrimos esos cambios, nuestros ojos se pierden en la estela de nuestros barcos buscando un punto de partida. Un extraño maleficio se apoderó de nuestra tierra y fuimos condenados a esa existencia miserable que hoy nos tiene regados por el mundo. Nadie encuentra las razones, todos sacrificamos parte de nuestras vidas en busca de ese sueño y paraíso perdido para siempre.

Vapor Rio Jibacoa
La marina fue un apéndice flotante de su suelo, un órgano atado por una fuerte membrana a la tierra de sus desgracias. Nunca importó la lejanía, nuestros miedos fueron descubiertos y los llevamos como equipaje.
Miras al pasado y embarcas en aquellos viejos buques de caldera donde comenzamos a curtir nuestro pellejo. Hombres rudos de pocas palabras y demasiada acción. Músculos sólidos como rocas que se inflamaron con el peso de cada cuartel cargado para tapar una bodega o entrepuente. Bronceados, cuarteados, morenos, unas veces empercudidos. Insensibles a los rayos del sol, protegidos por una coraza de cuero curado con agua salada, mieles de sargazos, mierda de gaviotas y peces voladores caídos sobre cubierta en las noches oscuras y tormentosas. Muy creyentes y borrachos, mujeriegos y aventureros, contrabandistas de pequeñeces que cubrieran tal vez el costo de un orgasmo. Aliento escandaloso y azucarado por el ron de cada mañana, pegajoso, rancio, incendiario, tolerado a un metro de distancia. (más…)

- Buque Jiguaní en el año 71, el de la izquierda es el timonel José Febles y a la derecha yo, cuando aquello era timonel también
No debe ser sencillo trabajar cazando fantasmas, viajas entre las ruinas de tu ciudad o memoria buscando una presa, notas que en cada esquina recorrida, existe uno de ellos esperando ser atrapado por tus líneas. Miranda ha sido paciente y me disculpa, sabe de mi inclinación por personajes conflictivos, él no es así. Me ve pasar varias veces a su lado y sonríe con inocente malicia, siempre le prometo regresar y no se apura, nunca lo hizo.
Retrocedo decenas de años atrás y me visto con ropa de faenas, huelo a grasa y alquitrán. Cuelgan de una de las trabillas de mi pantalón un moquetón de acero inoxidable con todas las llaves de los pañoles, soy timonel y el buque se encuentra en operaciones de descarga, estamos atracados en uno de los muelles Sierra Maestra.
El oficial de guardia ordena abrir la bodega número uno, el buque está empopado, hay que colocar un cabo de retenida para evitar que las tapas de bodegas tomen mucha velocidad cuando corran hacia popa. Miranda no entiende, es nervioso, apurado, frenético a la hora de cumplir una orden, es un simple y prieto robot. No espera por mí, sube al winche y arría el gancho de carga. Baja y coloca el virador de las tapas de bodegas, lo hace con movimientos rápidos, felinos, no espera, no piensa, hay una orden por cumplir. Salta como un tigre a la torreta y tira de la palanca del winche, no escucha mi grito, voy corriendo por cubierta a la altura de la bodega número cuatro, el ruido existente en el puerto opaca mi voz. Veo cuando se estira el amante y tira del virador, las tapas salen disparadas, nada las detienen y chocan contra ellas en el pozo de la torreta. Llego asustado y observo a Miranda, está cenizo.
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Cómo pudiera convencerlos para que salgan de esas oscuras cuevas donde una vez fueron olvidados durante el naufragio de nuestras memorias. Aún de fantasmas, continúan sin poder vencer la timidez y desconfianza. No me creen, consideran falso que merezcan ser recordados e inoportuno un modesto homenaje a sus insignificancias.

-¡De vivos nos jodieron mucho! Puedo identificar la voz de Desiderio, no tengo dudas, una parte de su bigote se asoma detrás de la piedra donde se oculta, y la mitad de sus espejuelos también. No ha cambiado desde la última vez que lo vi, su rostro enjuto es difícil de olvidar, y aquellos enormes lentes que le daban imagen de ser una guagua. El Desi era la aberrante versión criolla de aquel comediante norteamericano llamado Groucho Marx, un poco más flaco y con las marcas del peso de su armadura tratando de penetrar el tabique de su nariz. ¡Déjennos descansar tranquilos! Su voz tomó el timbre de una súplica y se escuchaba muy agotada. Venció su timidez y salió totalmente de su escondite, no había engordado nada en la otra vida y vestía igual, nunca lo vi con otra ropa que no fuera el uniforme gris de la marina. (más…)
Yo sabía que el viaje iba a ser malo antes de abandonar el último faro de la isla, no era predicción, era el resultado de la experiencia adquirida durante tantos años. Los pocos momentos de felicidad que podían existir en un barco, eran los tres instantes que nos sentábamos a la mesa del comedor. Momentos cada día más reducidos en la medida que hasta nuestras gambuzas, llegaban los efectos desastrosos de lo que sucedía en el país.

Durante nuestra estadía en La Habana, el sobrecargo no gestionó el abastecimiento del buque, era probable que el almacén de CUBALSE estuviera flojo de mercancías para que no lo hiciera. Pudo ser también que las cosas salieran mal en su cuadre con los despachadores. Era muy normal que parte de aquellos víveres tomaran otro rumbo distinto al del barco, casi siempre arribaban con faltantes que desembarcaban en las casas del sobrecargo, el capitán, el chofer, y hasta la del administrador de la empresa proveedora. Pudo haber sido otra la causa, como nos explicara a mitad del viaje el sobrecargo, que en oportunidades, los proveedores de Camagüey se encontraban mejor surtidos que los de la capital. Razón que tampoco dejaba sin efecto lo relacionado al hurto, pero en esta ocasión le fallaron los cálculos y partimos escasos de comida en un viaje para Túnez. (más…)

¿Cabrón? Dicen los cubanos cuando se refieren al tipo que se las sabe todas, al timador, vividor, chulo, inteligente. A un legítimo cabrón nadie lo jode, él lo hace con los demás. Hay cabrones y cabrones, no podemos confundirnos, esa palabra cambió mucho cuando desapareció el machismo y se esfumaron los machos. Un buen cabrón de mis tiempos militaba en el partido y se colaba por el hueco de una aguja. Ascendía como la espuma y nunca tenía problemas para introducir su contrabando. En realidad no se podía hablar de tal cosa, sus mercancías salían en cajas debidamente acuñadas por la aduana y con ella salpicaba a todo el mundo. ¿Cabrón? Bueno, también le decían así al que le pegaban los cuernos, pero no tanto, la gente prefería llamarlo “tarrúo”, es que suena más cubano.
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Una vez concluida las operaciones de carga de arroz en el puerto de Sirachá en Thailandia, recibimos la orden de dirigirnos hasta Bombay en la India con el propósito de cargar unos 150 barriles de un producto que hacía peligrar la zafra azucarera. Era ilógico mover a un barco que consumía alrededor de 35 toneladas diarias de combustibles por esa insignificante cantidad de carga, pero todo indicaba que la situación en los centrales azucareros del país era crítica, debido la falta del mencionado producto utilizado en la elaboración del azúcar. Asimismo, recibimos la orden de evadir el paso por el Canal de Suez, existía temor de que el barco fuera detenido por demandas de acreedores a los cuales Cuba les debía fuertes sumas de dinero. La orden era darle la vuelta al mundo por Sudáfrica a toda máquina, lo que representaba también un incremento en el consumo del combustible y éste sería de unas 38 toneladas diarias.
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