
La majestuosidad del Castillo de Rubens con su aire morisco y enclavado en la cima de una loma llamada La Vigía. Pequeña elevación observada en la rivera Este de la bahía del Mariel y que corre paralela a su costa casi desde la misma entrada. Obliga a cualquier visitante que entre a ese puerto cubano a detenerse y desviar la mirada para contemplar su belleza. Siempre que iba al Mariel me sentía motivado por esa curiosidad en conocer cómo sería ese mundo dentro de las paredes y dominios de lo que sería la Meca de los navegantes cubanos. Fue inaugurada como Academia Naval el 28 de Enero de 1916 en honor al natalicio de nuestro Apóstol José Martí, debe suponerse entonces que antes de la llegada de la "revolución", varias generaciones de oficiales habían ascendido y descendido los 266 escalones de su escalinata obedeciendo las órdenes recibidas por el silbato de algún Alférez.
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El escenario era dantesco, nunca había observado nada similar en todos los puertos visitados. Una costra de mierda humana cubría casi toda la eslora del casco por ambas bandas, la peste era insoportable. Desde los imbornales bajaban arcos chispeantes que tomaron el sentido del viento reinante durante la marcha, eran de un amarillo pálido y cada hueco podía imaginarse como la boca de un tragafuegos. El orine había realizado su trabajo contra la pintura marina, ella había sido diseñada contra los efectos del salitre y la corrosión, nunca contra los efectos de ese líquido que expulsa nuestro cuerpo. La arboladura le daba al buque ese aire simpático de cualquier carroza en plenos carnavales, todos sus amantes, amantillos, puntales, palos y hasta la antena del radar, mostraban una extravagante guirnalda de papel sanitario. Desde nuestra distancia podíamos observar las huellas de puntos oscuros y carmelitosos, algunas extendidas como rajaduras, líneas gruesas que hablaban un poco de su origen. El contramaestre le daba órdenes a unos marineros para que aplicaran el potente chorro de agua de la manguera sostenida entre sus manos contra el casco. Cebolla y yo continuamos nuestra marcha a lo largo del muelle, el país se encontraba en guerra, nosotros, no.
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El barco había arribado a La Habana con los cadáveres de tres tripulantes fallecidos por ingerir alcohol metílico, eran rezagos de aquella fatal "ley seca" impuesta en un país cuyos habitantes sienten pasión por el sexo, la rumba y el alcohol. La vida con la carencia de uno de esos ingredientes pierde sentido. Para el marino no era nada nuevo, solo faltaba un punto muy importante de su vida, el contrabando. Mujeres, alcohol y contrabando formaron una ecuación indisoluble de sus vidas, pero nunca se les hubiera ocurrido hurtar el alcohol venenoso utilizado para dar mantenimiento a motores eléctricos con la finalidad de beberlos y olvidar en algo la crudeza de esas vidas.

El marino tenía plata que perdía en lujurias y manoseos con las hembras encontradas a su paso. Luego, ese dinero era recuperado con sus pequeños contrabandos para continuar o tratar de recuperar el tiempo perdido en su aventura tan divertida y preñada de peligros. Las cosas se pusieron muy malas en nuestra tierra y la mayoría de ellos se encontraron de pronto en la calle, fueron sustituidos por el hombre nuevo que recién había parido o abortado esa revolución. El contrabando era tan penado como un acto contra la patria que comenzaba a confundirse con una puta cualquiera, sus hombres eran estrechamente vigilados. Estábamos obligados a convertirnos en individuos impolutos, leales, incorruptos, limpios de ideales, intransigentes con nosotros mismos y fieles trasmisores del ideario novedoso que pretendía exportar nuestra tierra, fuimos parte de la primera generación del hombre nuevo que luego se transformó en un monstruo. Cero alcoholes, borracheras, fiestas y esa alegría del que se siente descubrir no una tierra, todo un planeta. Cero hembras y bacanales amorosos, marinos con almas de monaguillos, puros, ingenuos, santos, vírgenes. Quisieron convertirnos y nunca pudieron, es imposible lograr tanta pureza humana en una tierra que tiene sus fronteras con el infierno y el diablo siempre acechando. ¿Contrabando? Pobre del que fuera sorprendido con un solo dólar en los bolsillos, enemigo, desviado, producto del pasado, quien pudiera adivinar la condena. Total, tantas almas incineradas para luego lograr un producto mucho peor.
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Teníamos derecho a un mes de vacaciones cada once de trabajo, dependiendo del buque y su línea de navegación, ese tiempo de labor podía consumirse en dos viajes. La flota se encontraba en una fase muy importante de crecimiento y los oficiales escaseaban, muchas veces esas vacaciones eran interrumpidas por alguna emergencia. Si eras una persona muy popular en la flota podía resultar que nunca la disfrutaras totalmente, muchos capitanes solicitarían tus servicios en el Departamento de Cuadros. Si por el contrario, eras un individuo impopular, lo más probable era que te demoraras en puerto esperando una oportunidad para embarcar, así funcionaba aquello en esos tiempos.
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-¡Regrese a su barco, lo están esperando en su camarote para una entrevista! No recuerdo quién era el funcionario de turno, todavía el acceso del personal se encontraba por la calle Obispo y no había que solicitar un "pase" para entrar. Me sentí verdaderamente sorprendido con aquellas palabras disparadas antes de entregar mis documentos.

-Yo no tengo barco, acabo de desenrolarme. Respondí con cierta timidez, considerando también que pudiera existir alguna confusión.
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