BARCO MALO, BARCO BUENO
El tiempo de los barcos buenos fue muy corto, yo solo agarré un pedacito. Llegabas en la lancha cuando el buque se encontraba fondeado y allí estaba esperándote un buen desayuno. Trabajabas con fuerzas, deseos, interés, te preocupabas por mantener lindo al barco que siempre consideraste como tuyo. Poco importaba que arribaran el día anterior del extranjero ni que el viaje durara seis meses, después de aquel fuerte desayuno te preparabas para bajar en la balsa y darle mantenimiento al casco. Los de máquinas continuaban con su plan, limpieza de cámaras de barrido, sustitución de camisas o pistones, etc.

La vida continuaba como si nada hubiera ocurrido, luego, te dabas un bañito y pasabas al comedor donde te esperaba un no menos agradable almuerzo. ¡Qué tiempos aquellos! Aquellos donde daba gusto sentarse a la mesa porque los mayordomos eran mayordomos leídos y escribidos. ¡Hasta los camareros! Estos personajes pasaban sus cursillos en el hotel Sevilla, no eran improvisados tampoco, como ocurrió cuando los barcos se convirtieron en malos.

