COMO UNA OLA
Iba colocando cuidadosamente cada hoja del periódico alrededor de mis piernas, luego continuaría por los muslos y terminaría forrando todo el pecho y la espalda antes de ponerme definitivamente la ropa. El Bicho había pasado y no tardaría en regresar, como el buque no tenía intercomunicadores, él era el encargado de despertarnos a todos. Abría la puerta y solía decir: ¡Ocupando puestos de maniobra! ¡Ocupando puestos de maniobra! Después, dejaba la puerta abierta de par en par para que el ruido de las plantas y el asfixiante carbono que siempre rondaba vigilante por los pasillos terminaran de despertarnos. El triste vaho a tabaco rancio que despedía cuando abría la boca, era probablemente más desagradable que todo el olor a combustible quemado del mundo, pero ya nos habíamos acostumbrado.

Manso se encontraba en el timón, era afortunado, casi todas las maniobras coincidían con sus guardias. Al menos, dejaba espacio para vestirme con comodidad en aquel reducido camarote. Los periódicos próximos al tobillo los sujetaba con el tercer par de medias que me ponía, ninguna de ellas eran las apropiadas para enfrentar ese frío traicionero que velaba nuestra salida a cubierta. Me puse el par de botas que recibí en el almacén de la empresa, estaban forradas con piel de conejo y tenían zipper. Eran algo bonitas, pero no dejaron de ser la razón del choteo de los viejos marinos, las suelas eran lizas y esponjosas. Es muy probable que el creador de aquellas piezas haya sido premiado con algo, un diploma, una medalla, una semana en la playa. Algún premio debió recibir como estímulo, ahora me tocaba probar el fruto de su inventiva “revolucionaria” con el fin de no dejar escapar divisas hacia el extranjero. ¡Ocupando puestos de maniobra! ¡Saliendo! ¡Saliendo! ¡Saliendo! El olor a café recién colado pudo vencer la atmósfera viciada, suerte que la cocina se encontraba a popa de nuestros camarotes en la misma cubierta, El Bicho había encendido su inseparable mocho de tabaco.

