MEDINA, COMO UN PEZ
El remolcador se estremeció con movimientos casi telúricos cuando su máquina aplicó todas las revoluciones en marcha invertida, comenzó a separarse del casco mientras algunas andanadas de un humo negro muy denso invadieron el portalón. Los curiosos corrieron hacia popa para escapar de él, pero el viento era mucho más rápido y los atrapó. Virutas de hollín se mantuvieron flotando algunos segundos, lo hacían separados del pesado humo que recorría el pasillo en dirección a la popa. Luego, caían sobre cubierta mezclados con los copos de nieve que volaban desorganizadamente, como si el viento las golpeara desde diferentes direcciones. Finalmente, formaban una fina y exótica nata muy blanca, un manto de terciopelo inmaculado manchado de lunares negros. Los copos que caían en el mar desaparecían rápidamente con la turbulencia de las aguas provocadas por la marcha del remolcador, todos los seguían con la mirada. Las nevadas eran espectáculos extraordinarios que disfrutaban muy pocas veces en sus vidas y cada copo silencioso iba componiendo las notas de una bella sinfonía para sordos, como sus vidas.

Najodka
-¡Tiemplen por nosotros! Alguien gritó desde el portalón y retumbó en la espalda del último marino en entrar y cerrar la puerta del pequeño saloncito dispuesto para los pasajeros de aquel remolcador. ¿Templar? Una meta, una idea, un destino, un fin, el significado de una vida, el sentido de una vaga existencia, la razón de ser y vivir. Encima de una pequeña mesita fija al piso por rústicos tornillos y de una sola pata, dos ceniceros repletos de colillas malolientes. Un calefactor portátil que apenas lograba mantener tibio el local, un cuadro a relieve de Lenin colgaba junto a un mural repleto de hojitas con notas y dos o tres fotografías en blanco y negro. Deben ser resúmenes de los chequeos de emulación, orientaciones, directivas, amenazas veladas, pensó Medina cuando sus ojos chocaron con ellas. Los marineros del remolcador se quitaron sus chubasqueros y los colgaron en unos ganchos dispuestos junto a la puerta, después, desaparecieron por una puertecita que conducía al puente de mando.
