-Y eso, ¿qué fue? Preguntó mi yerno algo alarmado mientras desayunábamos, el agotamiento se reflejaba en su rostro y en el mío tal vez, solo lo ocultaba mi incontenible deseo de salir a cubierta.

-Es muy probable que hayan arrancado un generador. Le respondí mientras observaba las vibraciones del vaso de jugo de naranja.
-¿Es normal?
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Cuando el sobrecargo me entregó la llave del camarote él se encontraba de franco, acomodé mis pocas pertenencias sobre la litera y me puse ropa de faena. El contramaestre no era una persona amable, no recuerdo haya respondido el saludo y tampoco le di mucha importancia. Su ropa se encontraba en estado deplorable y apestaba a tres metros de separación, sostenía presionado entre los dientes un mocho de tabaco y hablaba por un costado de su boca, su aliento me invitó a mantener distancia. Le ordenó al pañolero que me entregara una piqueta, rasqueta, cepillo de alambre y una lata con minio. Lo seguí por la cubierta principal hasta la bodega número tres, como andaba delante de mí, observé un extraño tic nervioso en su hombro izquierdo que le daba cierto aire de títere infantil. Lanzó un grueso escupitajo color ámbar que chocó con violencia en el trancanil de la bodega, luego subió por la escalerilla hasta las tapas seguido por mí. Allí se encontraban varios marineros repiqueteando sobre ellas, el eco de aquellos picotazos descargados sobre verrugas de óxido viajaba hasta las profundidades de la bodega como campanadas de cualquier iglesia.

-Esta tapa es tuya. Fue todo lo que dijo y se marchó en dirección a la superestructura, lo vi escupir nuevamente y se perdió por el pasillo de acceso a la cubierta principal.
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Pintura de la sexta dinastía (2500-2000 AC), encontrada en una tumba egipcia
Las guardias con Leiva transcurrían en medio de pequeñas discusiones y casi siempre por la misma razón. Él era amante de la música lírica y se inspiraba con frecuencia casi diaria. No puedo negar que poseía buena voz de tenor que me resultaba molesta, mis gustos de entonces se inclinaban por la música de aquellos tiempos, unos Beatles prohibidos y todo lo que se comenzaba a importar desde España. A Leiva le importaba muy poco todos aquellos argumentos que yo utilizaba para abstraerlo y sacarlo del paso, cuando menos lo esperaba, retumbaba el pequeño puente de la motonave Habana con aquella voz estridente que estremecía todo. Nuestras guardias eran de tres horas por seis de descanso, el buque no poseía piloto automático y debías permanecer soldado al timón durante ese corto tiempo que resultaba muy agotador. De noche, se sufría el castigo de tener la vista clavada permanentemente al repetidor del girocompás y terminabas con los trescientos sesenta grados tatuados en los ojos. La guardia de los oficiales se mantenía como era habitual en toda la flota, ellos hacían cuatro horas de guardia por ocho de descanso, razón por la cual rotábamos cada cierto tiempo entre ellos. Leiva se encontraba enrolado de agregado de cubierta, pero iría cubriendo la guardia del tercer oficial, no recuerdo exactamente si esa responsabilidad se la asignaron a partir del segundo viaje abordo. (más…)
Ha pasado el tiempo y se puede hablar sin perjudicar a nadie, no existe aquella marina de la que un día me sentí orgulloso pertenecer, desapareció la empresa a la que tantos años dedicara de mi vida. La gente ha ido muriendo poco a poco, quizás la angustia por verlo todo perdido acelerara el final de sus vidas. No es sencillo prepararse con el sueño de gastar la existencia en algo que tú amas y más tarde todo sea lanzado a un barranco profundo de la noche a la mañana. Me han contado que mucha de aquella gente andaba vendiendo pizzas caseras, hoy se lo han prohibido también, cada día resulta más difícil vivir del invento y se hace más extensa la agonía.
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| Abordo del Bahia de Cienfuegos, 1989. |
Un cuadro no solo sirve para poner fotos, diplomas o un paisaje cualquiera. Un cuadro puede ser un comemierda al que una vez le dijeron que lo era, no era obligatorio que fuera cuadrado o rectangular, pero muchos lo fueron. Bien cuadrados, tan cuadrados, que su figura humana desaparecía encerrada entre ángulos rectos y adquiría la perfecta geometría del buen hijoputa. No era difícil ser cuadro, no se exigía nivel educacional tampoco, un simple carnecito rojo con tres letras era el mejor pasaporte a ese estadio humano que te distingue de los demás y te crees superior. Si poseías residuos de lo que fuera el alma teñida de negro y la lengua liviana, eras el prototipo casi perfecto del cuadro que se buscaba. Cuadros políticos, cuadros administrativos, cuadros militares, cuadros, cuadros, y el cuadro dirigente, ese era el más destructivo en aquella isla cuadrada.
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