Nuestro primer viaje a bordo del buque angoleño “N’Gola, fue desde el puerto de Luanda hasta Argelia cargado con ocho mil toneladas de café, tres mil de las cuales eran para ese país, otro poco para Bélgica y el resto para Polonia.

Argelia ha sido uno de los países que más he visitado en el continente africano, fueron muchos los viajes que di a distintos puertos, se destacan Orán, Mostaghanem, Annaba, Argel y éste último de nombre Bejaia, un poco al Este de Argel. Llegamos en pleno Ramadán, tiempo durante el cual los practicantes de la religión musulmana, quienes son mayoría en ese país, no comen ni beben durante el tiempo que el sol se encuentra vigilándolos.
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El “Jiguaní” fue uno de esos barcos que siempre se distinguió por tener una buena tripulación, esto sucedió antes de ser invadida la flota por toda esa morralla de pacotilleros con carné, éramos algo así como una familia. Entre estos tripulantes se encontraba un maquinista muy famoso en la flota, su fama la traía desde su época de estudiante en la Academia Naval. Humberto era un tipo muy noble, hablaba ruso, usaba gafas por una miopía bastante desarrollada, tendría más de seis pies de estatura, piel blanca que contrastaba profundamente con su pelo negro y rizado. Pero su fama no se debía a su tamaño ni a su carácter, él se hizo muy famoso a la hora de bañarse. Cuando los guardiamarinas descubrieron que entre las piernas le colgaba un tareco enorme en estado de relajación, esto trajo como consecuencia que el hombre optara por bañarse en horas de la noche para evitar la curiosidad y bromas de sus compañeros de estudio por aquello que ellos llamaban sin exageración manguera.
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Nos conocimos unos minutos antes de abordar el auto que nos condujera hasta el aeropuerto de Rancho Boyeros, lo hicimos en una oficina que pertenecía al Ministerio de Transporte y que se encuentra en una de sus dependencias fuera de aquel edificio, exactamente en la avenida que lleva el antiguo nombre del aeropuerto. Éramos los más jóvenes de aquel pequeño equipo que solamente conocía su destino, no las labores que realizarían en Angola. Velozo, Freizas, Balloqui, Naranjo, Lazarito y yo, escribo sus nombres para no sepultarlos en el olvido, éramos los integrantes de aquel equipo. Ya saben cómo somos los cubanos para sacar cuentas, un primer oficial, un segundo maquinista, un técnico en refrigeración, un segundo electricista, un sobrecargo y yo, que iba de segundo oficial, no resultaba lógica la plantilla de un barco, faltaban otros cargos importantes. Como éramos tan pocos, descartamos la posibilidad de formar parte de una tripulación. Nuestras averiguaciones en la empresa resultaron infructuosas, las realizamos individualmente y coincidieron dentro de aquella pequeña oficina en medio de las normales presentaciones. Solo sabíamos una cosa, partíamos a cumplir una misión internacionalista.
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Era un día de brujas, las calles del pueblo se mostraban totalmente desiertas, no deambulaba habitante alguno que pudiera ofrecer la razón, porque eso bueno tenía Nicaro, la gente era muy atenta y hospitalaria en aquellos tiempos. Se respiraba una atmósfera extraña, esa soledad y silencio que siempre acuden después de un huracán o guerra.

-¡No puede ser que todas las mujeres tengan la regla hoy! Le dijo muy molesto a Marcos, lo tenía de guardaespaldas cuando se enteró por boca de una de aquellas novias que, sus hermanos lo obligarían ir hasta la casa para pedir su mano. No era por miedo que andaba acompañado, solo la precaución debida ante las informaciones de que aquellos guajiritos andaban en grupo. -¡Vaya tragedia! Le decía a su amigo, lo que menos me interesa es pedir la mano de nadie. El tiempo es muy escaso y nosotros vamos directo al grano. No podemos darnos ese lujo de participar en romances con chaperonas que se resisten a los cambios que impone la vida, Marcos andaba en silencio, prefería escuchar todos aquellos descargos para matar el aburrimiento. ¡El culo o la vida! Resumía los gritos desesperados de animales sometidos por tiempos prolongados a unas abstinencias sexuales terribles. Ellas los comprendían, realmente no se expresaban de esa manera, siempre utilizaban palabras más románticas, las que nunca se escuchaban en ese pueblo.
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Tony llegó desesperado buscando alguien que le hiciera una media, no me explico esa puntería suya para invitarme los días que me encontraba de guardia. Cuando me dijo que andaba con Ferreiro mi respuesta fue un rotundo no, un no inviolable, radical. Pero el gallego era un cabrón en el arte de convencer a la gente, tenía toda la paciencia del mundo para seducirte. Me dijo que andaban con tres jevitas y ellos eran solamente dos. La que sobraba era una chamaca de unos dieciocho años con unos seis pies de estatura, rubia, ojos verdes y nada de grasa en toda su arquitectura.

-¡Es muy grande para mí! Fue todo lo que pude expresarle en aquel instante que me dio tiempo para abrir la boca, porque eso sí, cuando Tony se lanzaba al ataque no daba tregua al enemigo.
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El “Cebo” fue uno de los grandes socios que tuve en la marina cubana, era uno de los jodedores más famosos de nuestra generación de marinos. Su familia poseía un carácter admirable, el viejo Toribio ( el puro del Cebo) tenía unos seis pies de estatura. Cuando llegaba a la escuela de Oficiales a bordo de un pequeño Renault, alrededor de doscientos alumnos paraban todo lo que estaban haciendo, para gritarle a una sola voz: ¡Toribio, Cebollón! Entonces, el viejo se agarraba aquello con las dos manos y se dirigía a nosotros, eso sucedía cada mañana a la hora del matutino, toda la escuela explotaba en una larga carcajada. A la mujer de Cebo le decíamos “La Gallega” por su manera de hablar, usaba mucho la zeta, algo poco común entre nosotros, era una mujer hermosa y joven. Las hijas de ambos eran conocidas por las “Cebollitas” y se dirigían al padre por su apodo. Su madre era Leonor, a ella no le decíamos nada, la vieja se mandaba una lengua peligrosa, como para respetar, era súper chévere, pero poseía la colección de malas palabras más grande que cualquier diccionario hispano pudiera tener, solo la jodíamos cuando queríamos oír alguna barbaridad. De toda esa familia solamente quedan las Cebollitas, que hoy son mujeres y deben estar casadas.
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