Tiempos de gloria

-¡Oye!, esas chalupas que se encuentran abarloadas a nosotros están cargadas de comida. El capitán no me prestó mucha atención y se mantuvo jugueteando con su perro. En realidad no era suyo tampoco, pertenecía a la camarera que viajaba sustituyendo a su esposa, era en ese caso la primera dama de abordo. Rinti me conocía y salía conmigo de vez en cuando por cubierta, pero esa mañana quiso dar muestras de lealtad a su nuevo amo y me enseñó los colmillos. –¡Dile que no joda y se calme! Él le pasó la mano sobre la cabeza y el perro se echó a sus pies. ¡Pelitooooo! Gritó ella desde el interior del dormitorio, el perro salió disparado cuando escuchó la voz de aquella mujer. No sé por qué, pero era algo que me caía mal, me refiero a eso de llamarle pelito, le daba cierto aire de maricón, creo que lo era, le gustaba y movía el rabo con más velocidad que un ventilador. –Te dije que esas chalupas están a punto de hundirse con la cantidad de comida que llevan a bordo. Insistí en llamarle la atención.

