
Un verdadero marino, nunca podrá ocultar ese sentimiento posesivo que lleva en la sangre cuando se refiera a la nave donde gastó parte de su vida. Es mi barco, le escuchas a muchos decir cuando hablan ante un grupo, realmente no es su propietario. Otros, son un poco más románticos y se refieren siempre a ella, como si se tratara de una mujer. Lo cierto es que ambas concepciones no son muy distantes, el barco es la casa, la fuente de la que se alimenta su familia, la tabla que busca desesperadamente el sobreviviente al naufragar. Un buen marino mima a su nave, la cuida de violentos golpes contra los muelles, se enoja cuando las defensas de los remolcadores dejan sus huellas en los cascos. La limpia, lava y cuida como si se tratara de una amante, vive profundamente enamorado de ella mientras transcurre ese tiempo de Luna de Miel. Luego, cuando debes abandonarla por las razones que sean, transcurre un largo período sumergido en la nostalgia y lo imaginas sufriendo las inclemencias de un mal tiempo o en el peor de los casos, arrugándose como cualquier vieja que no puede ocultar su vejez con coloretes.
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Estoy Convencido de que si algo se teme en el mar, es la presencia de un ciclón. No hace falta estar en las proximidades de su poderoso dominio, sus efectos pueden sufrirse a cientos de millas de acuerdo a su potencia. El miedo, porque aunque te acostumbres a cuanto fenómeno halles a lo largo de tu vida, ese sentimiento tan humano nunca te abandonará por mucha valentía demostrada ante los demás. Ese temor oculto a los ojos que te miran y esperan una respuesta, aumenta de noche cuando no puedes adivinar la dirección de una ola gigante que alocada, te sorprende traicionera por donde menos esperas. Considerabas estar dándole la amura al mar, un bandazo próximo a los cincuenta grados acerca el alerón del puente al mar y tiemblas. El pensamiento más cercano ocurre en solo segundos, tu responsabilidad es esa, garantizar la resistencia de la nave ante esos ataques desesperados de un océano hambriento de acero y almas frágiles que ocultas, regresan a viejos rezos una vez prohibidos. El buque se revela y decide volver, no desea morir tan pronto, huye de esas aguas que estuvieron a punto de ocultar las luces de situación, pero su retorno es realizado con mucha violencia hacia la banda contraria, temes lo peor y estás a punto de orinarte, no lo haces por vergüenza.
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Hay días que deseo pasar hojas molestas que ocuparon ese gran volumen que le da forma a nuestras vidas, pero la historia es exigente y no entiende de ditirambos, condena el titubeo. Quisiera borrar de mi mente pesados fantasmas que en sus vuelos causan molestias y producen pesadillas. Insisten en continuar jodiendo y aparecen siempre allí, donde nadie los quiere, hirientes, porque hasta después de muertos causan daño y ellos lo saben. Cada página a ellos dedicada, es una demora injustificada al amor que pudo una vez flecharnos, luego, imbuidos en el rescate de ese inquieto fantasma, podemos olvidar momentos de felicidad que bendijeron nuestras existencias. Aquella juventud fue marcada con ese fierro candente que dejó una cicatriz eterna, muchas veces, heridas que no logran cicatrizar y sangran. ¡No se puede ocultar al verdugo de nuestras penas! Grita desesperada la historia mientras unos tratan de olvidar.
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Con mucho cariño a Manuel Balsa Larrinaga (Manolito)

Dicen que cuando se para junto a la ventana su mirada viaja perdida entre las olas, como tratando de descifrar ese inquieto coqueteo de colores. Sus pupilas se contraen y dilatan constantemente en ese enfermizo manoseo donde insiste en atrapar algo y no puede. Después, se escuchan unos gemidos casi infantiles, imperceptibles para quienes lo rodean y se mantienen concentrados en una pequeña pantalla, indiferente para quienes se identifican con la trama de lo que ocurre solamente entre transistores.
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-¡Práctico-Habana, aquí la motonave Otto Parellada que te llama! Un molesto ruido, interferencias producidas por ondas parásitas invadió el receptor, el capitán le bajó el volumen y esperó por la respuesta. Varios minutos después repitió la solicitud de comunicación, pero esta vez decidió ahorrar palabras. –¡Práctico-Habana, Otto que te llama! Haló la silla que tenía designada en el puente y la acomodó junto al equipo de V.H.F. Ya sabía que debía estar armado de mucha paciencia cuando de comunicaciones se tratara con cualquier punto de la isla, todos eran impredecibles, sorprendentes, inoportunamente descuidados.

–¡Pongan media avante! Ordenó sin quitarle la mirada al equipo de radio y Amador corrió hasta el telégrafo para trasmitir la orden a máquinas. Los walkie-talkies de los oficiales se encontraban acomodados sobre la mesa de ploteo, habían sido revisados y comprobado su funcionamiento.
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…♫ Por el amor de una mujer, jugué con fuego sin saber, que era yo quien me quemaba ♫…

M/N “Jiguaní” Donde navegamos juntos El Ñato y yo
Su voz era melodiosa, muy pegajosa, como la de cualquier criollo trovador. No era improvisado tampoco, una parte de su vida había transcurrido sobre los tinglados de vulgares escenarios, tabernas atestadas de borrachos escandalosos, putas trasnochadas y quién sabe cuánta gente extraña de nuestra aburrida fauna. Tocaba la guitarra con la elegancia de cualquier clásico maestro que nunca conoció la gloria, solo se revolcó con Gloria sin mirar hacia delante, hasta que el manantial de los espermatozoides se viera afectado por esa sequía que molesta tanto y quieren combatirla con una píldora azul. Entonces, con la voz menguada por el humo de cigarrillos y los ataques de aguardientes baratos, recordó que la vida debía continuar mucho más allá de los surcos dibujados en su rostro y aquella caída del cabello producida por un irreparable otoño. Poca voz y una figura más triste que la del legendario caballero español que luchó contra molinos, la marina pudo ser aquel aro salvavidas del que se agarró ante un inminente naufragio.
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-Si acaso observan una rajadura en el casco del barco, el procedimiento a seguir consiste en taladrar un pequeño orificio en cada extremo de la grieta detectada…

Se detuvo con la intención de coordinar las ideas que deseaba expresar ante aquel grupo de hombres, cuya fama lograba extremar su miedo escénico. Sudaba copiosamente, partía con frecuencia las tizas cuando trataba de escribir o dibujar algo en la pizarra y el borrador salió disparado en varias ocasiones. Por las amplias ventanas del aula corría una refrescante brisa que nos llegaba sin interrupción desde el Estrecho de la Florida, pudo haber sido la antesala de un frente frío que nos obligaba a sacar los viejos trapos que rotaban cada invierno. Él era el único que se empeñaba en sudar, gruesas gotas descendían a toda velocidad desde la extensión de su frente y se desprendían de su cuerpo en la punta de su nariz después de una cómica despedida. Sacaba el pañuelo y lo frotaba por todo el rostro con el estilo de los guapos, casi siempre cubriendo los labios y fingiendo decir algo, insinuar, amenazar, imponer temor. Los muchachos no se preocuparon mucho por aquellas familiares señales, insistían en permanecer silenciosos y observadores, medían cada uno de sus pasos a lo ancho de la pizarra, seguían con atención el recorrido de los pedazos de tizas caídos mientras el profesor esperaba por el ataque, ya había sido advertido con anterioridad. Aquella tensa calma y ese silencio solo roto por el choque del viento con las viejas persianas lo desesperaban, estaba a punto de reventar.
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El tiempo de los barcos buenos fue muy corto, yo solo agarré un pedacito. Llegabas en la lancha cuando el buque se encontraba fondeado y allí estaba esperándote un buen desayuno. Trabajabas con fuerzas, deseos, interés, te preocupabas por mantener lindo al barco que siempre consideraste como tuyo. Poco importaba que arribaran el día anterior del extranjero ni que el viaje durara seis meses, después de aquel fuerte desayuno te preparabas para bajar en la balsa y darle mantenimiento al casco. Los de máquinas continuaban con su plan, limpieza de cámaras de barrido, sustitución de camisas o pistones, etc.

La vida continuaba como si nada hubiera ocurrido, luego, te dabas un bañito y pasabas al comedor donde te esperaba un no menos agradable almuerzo. ¡Qué tiempos aquellos! Aquellos donde daba gusto sentarse a la mesa porque los mayordomos eran mayordomos leídos y escribidos. ¡Hasta los camareros! Estos personajes pasaban sus cursillos en el hotel Sevilla, no eran improvisados tampoco, como ocurrió cuando los barcos se convirtieron en malos.
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Hola amigos…
Estamos recibiendo información en el Foro Naval Cubano “Faro de Recalada“ , sobre la dramática situación que está pasando una tripulación cubana en Gabón. Ningún medio de prensa se ha hecho eco de esta noticia que nos piden encarecidamente difundamos con el fin de ayudarlos.
Aquí les envío alguna información sobre esa nave acompañadas de fotografías y los mensajes recibido por un ex marino cubano. Les pedimos de favor que las difundan también.
Un abrazo.. – Esteban Casañas Lostal

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Iba colocando cuidadosamente cada hoja del periódico alrededor de mis piernas, luego continuaría por los muslos y terminaría forrando todo el pecho y la espalda antes de ponerme definitivamente la ropa. El Bicho había pasado y no tardaría en regresar, como el buque no tenía intercomunicadores, él era el encargado de despertarnos a todos. Abría la puerta y solía decir: ¡Ocupando puestos de maniobra! ¡Ocupando puestos de maniobra! Después, dejaba la puerta abierta de par en par para que el ruido de las plantas y el asfixiante carbono que siempre rondaba vigilante por los pasillos terminaran de despertarnos. El triste vaho a tabaco rancio que despedía cuando abría la boca, era probablemente más desagradable que todo el olor a combustible quemado del mundo, pero ya nos habíamos acostumbrado.

Manso se encontraba en el timón, era afortunado, casi todas las maniobras coincidían con sus guardias. Al menos, dejaba espacio para vestirme con comodidad en aquel reducido camarote. Los periódicos próximos al tobillo los sujetaba con el tercer par de medias que me ponía, ninguna de ellas eran las apropiadas para enfrentar ese frío traicionero que velaba nuestra salida a cubierta. Me puse el par de botas que recibí en el almacén de la empresa, estaban forradas con piel de conejo y tenían zipper. Eran algo bonitas, pero no dejaron de ser la razón del choteo de los viejos marinos, las suelas eran lizas y esponjosas. Es muy probable que el creador de aquellas piezas haya sido premiado con algo, un diploma, una medalla, una semana en la playa. Algún premio debió recibir como estímulo, ahora me tocaba probar el fruto de su inventiva “revolucionaria” con el fin de no dejar escapar divisas hacia el extranjero. ¡Ocupando puestos de maniobra! ¡Saliendo! ¡Saliendo! ¡Saliendo! El olor a café recién colado pudo vencer la atmósfera viciada, suerte que la cocina se encontraba a popa de nuestros camarotes en la misma cubierta, El Bicho había encendido su inseparable mocho de tabaco.
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