Caminando un día por La Habana leo una gran valla que decía:”Para la Revolución lo mas importante es el hombre”, me reía mientras un perro vagabundo y sarnoso me observaba con cierto asombro, él no entendía nada, yo tampoco. Con sus dientes y uñas trataba de calmar un poco su mal sin dejar de mirarme, el mejor amigo del hombre era una calamidad en cuatro patas, el hombre se había olvidado de él. ¡Que pena! Pensé en ese momento observando al animal, él no dejaba de mirarme fijo a los ojos, yo dejé de reirme.

Han pasado muchos años de aquella guerra y hasta el momento nadie se ha atrevido a mencionar esto que hoy les traigo, unos por miedo, otros por cobardes, algunos porque han creído ciegamente en lo que hicieron, muchos no lo podrán hacer porque ya están muertos. Varios deben haber caído en esa guerra, otros se marcharon por viejos, otros resolvieron sus problemas con una balsa. Lo cierto es que aun no saben que antes de partir para aquella misión, todos estaban condenados a muerte.
Fue a finales del año 1975, comenzaron a llegar citaciones del Comité Militar de cada Municipio por todas las cuadras y barrios de Cuba. El pueblo cubano conocería a partir de ese momento el amargo sabor que tiene una guerra, conflicto que no habíamos provocado y nos quedaba bien lejos. Guerra que dividía aun más a nuestra gente, familias en Miami, en Cuba y ahora un cementerio en África, luego estaríamos regados por el mundo entero. (más…)
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De poco me sirvieron aquellas clases de psicopedagogía en la Academia Naval, creo más bien que eran una especie de tortura donde luchábamos contra el sueño y el empeño de la profesora por salvarnos en aquel aburrido naufragio. Al final, siempre se resumía la clase con algún inoportuno ronquido, la profesora había perdido su batalla.

Cuando pasaba aquellos cursos de recalificación siendo Primer Oficial y muy distante en el tiempo de aquellas clases en la academia. La psicóloga se empeñaba en hacernos comprender decenas de reglas teóricas con pocas aplicaciones en la práctica. Tal vez la tenían o tuvieron, quizás éramos brutos, probablemente los tiempos habían cambiado y nosotros no nos dimos cuenta de ello, mi teoría era otra, muy ajena a la explicada por la doctora.
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Su camarote quedaba exactamente debajo del mío, quince minutos antes de las doce de la noche yo sentía el timbre de su teléfono, era el tiempo justo para cerrar el libro que estuviera leyendo. Cuatro horas después se escucharía el mismo timbre en mi camarote, yo era su relevo. El tipo usaba botas de vaquero, comenzaba a sentir sus pasos desde que las calzaba. Luego, cuando cerraba la puerta de su camarote, yo lo seguía hasta la puerta de acceso a la escalera, contaba cada escalón en la medida que subía. Oía el accionar del picaporte para entrar al piso superior, y por último, el tirón de la puerta del puente, después no escuchaba nada. Gustaba usar jeans, creo que tiraba el viaje entero con uno de ellos sin lavarlo, lo hacía por estar a la moda o por sucio, quién pudiera saberlo. Su melena era un poco ensortijada, color canela claro y cargada de grasa por falta de agua. Barba tupida y en ocasiones exhibiendo cañones de tres días, rostro brillante, ojos claros, entre grises y verdes.
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Cada barco estaba obligado a transmitir diariamente desde cualquier lugar del mundo donde se encontrara, un parte diario donde reflejara su condición actual. La bahía no estaba excluida de estos mecanismos de control y generalmente, después de las 10 de la mañana, el canal 10 del VHF que correspondía a Mambicuba, se saturaba por ese constante cruce de mensajes. Durante la permanencia en cualquier puerto, nacional o internacional, era de estricta obligatoriedad el envío de la Instrucción 10. Mambicuba era el puesto de mando de la marina mercante cubana y radicaba en los bajos de la Empresa de Navegación Mambisa. Aunque pueda ser interpretado como una parodia, todos esos intercambios de mensajes que les presento en este trabajo fueron reales, aunque las fechas no coinciden con los hechos.
-Mambicuba, motonave Camaguey que te llama..
-Adelante Camaguey.
-Través con el morro a las 0900 am.
-Recibido Camaguey, bienvenidos a casa.
-Gracias y quedamos libres.
-Mambicuba, aquí Aracelio Iglesias.
-Adelante Aracelio.
-Es para pasarte la Instrucción 10 del día de ayer.
-Listo, comienza a enviar.
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Para escribir o hablar de situaciones como estas, uno debe asumir que incursiona en el campo de los cuentos infantiles por lo increíble que resulta aceptar que ocurrió verdaderamente. La superioridad profesada durante tantos años, aquella invencibilidad absoluta del socialismo trazada como meta final de todos los pueblos. Lo peor, el convencimiento de que todo era cierto, convertían automáticamente a cualquier persona que se atreviera a criticarlo en un vulgar mentiroso. Esta historia está basada en hechos reales, pero digamos que es una versión muy particular. Forma parte de la historia de una marina mercante cubana que desapareció un día dejando pocas huellas de su existencia. La escribí hace muchos años y he preferido realizarle algunos cambios definitivos. Hoy se la traigo como una pieza más de mi colección de “Cuentos infantiles para tiempos de guerra”.
…Había una vez un villano que habitaba en una isla muy hermosa… (Ese villano puede guardar mucha similitud con el lobo de la Caperucita, la bruja del espejo de Blancanieves o la vieja cabrona de la casa donde vivía la Cenicienta. Ustedes metan al más villano de todos los que han conocido, pueden incluir a Sadam si les apetece, es un margen que les brindo para que se involucren con la historia. ¡Ah! Si se me escapa alguna malapalabra deben pensar que el cuento, aunque sea infantil, está concebido para un escenario de beligerancia y guerra. O sea, los niños que lo leerán pueden estar armados y te suenan una granada con mucha tranquilidad, esto no es exageración y ocurre con mucha frecuencia.)
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…Se escuchan tres campanadas, -¡Grillete número tres en el molinete!, fue el eco de un fantasma. La lancha de Masacote espera junto al casco por unas cajetillas de cigarro. Sonríe sin complejos y nos muestra toda la encía vacía, era como aquellos Sábalos felices dentro de las aguas podridas. La lancha de Armandito se dirige hacia el Margarito Iglesias, miro por los binoculares y no observo movimiento, la brigada técnica no existe, la embarcación viaja vacía, ¿dónde está la estación de bomberos?

Dos toques de campana, -¡grillete número dos a bordo! Escucho por el walkie-talkie y respondo, tuvo que ser la voz de Luaces. -¡Continúa virando! Pastor se retira con su patana de agua, es remolcado hacia el muelle de Servicios Marítimos, nada interrumpe su marcha, la bahía está vacía y sobrevuelan unas gaviotas, por fin han regresado, pienso. Lo observo en la medida que se aleja de nosotros, habla y habla sin parar mientras salpica con saliva a quienes lo escuchan, no hay nadie junto a él.
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El último viaje que realicé a bordo del buque angolano “Ngola”, salimos en lastre (vacíos) desde Luanda para Buenos Aires, la navegación fue de doce días hasta la entrada del río La Plata. Allí tomamos Práctico que nos guiaría hasta esa hermosa ciudad, corría el año 1978 y estaba en pleno apogeo la dictadura militar en ese momento comandada por Videla. Siempre que uno arriba por primera vez a un lugar, trata por todos los medios de captar al máximo las imágenes que, luego se conservan en el maravilloso mundo de la memoria.

Argentina era para los cubanos algo que solo asociábamos al tango y que identificábamos por Carlos Gardel, sería erróneo pero es así. A Cuba la identifican por un personaje más tenebroso, cada vez que dices que eres cubano, la palabra que le sale al desconocido interrogador es Fidel Castro. Dicen que Gardel no era argentino, pero hubiera preferido que a mi tierra la identificaran por él o por otro personaje de la cultura y no por este maligno individuo.
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La primera vez que Sisí se encontró con él corría el año 72, fue en una escuela improvisada de Jaimanitas que quedaba muy cerca del Círculo Social. El ambiente era fenomenal en aquel centro de estudios donde se reunieran viejos compañeros de navegaciones. La mayoría de ellos jóvenes aún y con ese carácter alegre que los distinguen del resto de la humanidad. Los horarios de recreo y almuerzo se gastaban entre eternas bromas. Nadie sabe cómo llegaba hasta allí La China, una mulata café con leche que un día tuvo sus quince según manifestaban las huellas de su cuerpo. Ella era diferente a las demás locas del mundo, siempre andaba limpiecita, bien vestida para sus ignoradas posibilidades, rematada con su extravagante estilo de gitana tropical. Gustaba mucho de los creyones de labios rojos chillones, y colgaba de diferentes miembros de su cuerpo algunas toneladas de collares, pulsos y aretes. Para resaltar su opaca hermosura, La China se colocaba siempre un mar pacífico en su cabello casi lacio y muy cerca de la oreja, era de color aproximado al del creyón usado en sus labios. Estaba loca de remate y los muchachos la ponían a bailar flamenco encima de las mesas existentes en el patio, siempre se hacían la misma pregunta, ¿cómo habrá llegado hasta aquí siendo de La Víbora? Entonces no estaba tan loca, y si lo estaba era una loca jodedora porque regresaba cada mañana. Aquello no le gustaba mucho al director de la escuela, un viejo grande y gordo como una ballena, amargado como cualquier solterón en cuarentena, aunque era casado. Militante extremista del que nadie supo nunca, cuál fue el camino utilizado para llegar hasta Jefe de Máquinas, director de una escuela con tan bajo nivel educacional, y años más tarde a Vanguardia Nacional vitalicio, así era Arche.
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Ofelia es o era una diminuta mujer, hace mucho tiempo que no sé nada de su vida. Poseía un cuerpo cilíndrico o tubular, nada en ella sobresalía desde los pies hasta la cabeza, ésta última unida directamente a los hombros con la ausencia de un cuello que le sirviera al menos para usar algún collar, o simplemente un poco de espacio para que le dieran un matecito. No podía presumir tampoco de poseer una linda cabellera, comenzaba a mostrar las huellas de los hombres mayores cuando van perdiendo el pelo en la medida que avanza la edad, en algunas regiones de su desproporcionada cabeza mostraba con descaro parte del cráneo cuando el viento la despeinaba. Su rostro siempre había sido feo, debe haber sido así desde que nació, eso es, Ofelia era la copia humana del patito feo, solo que ella nunca evolucionó, se quedó tal y como la trajeron al mundo.
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Formaban una parejita muy simpática que navegó conmigo a bordo del “Topaz Island” cuando yo era Segundo Oficial, correría el ochenta y uno. Ambos eran camareros y recuerdo que su camarote daba al frontón de la superestructura y muy cerca de la puerta de babor en la cubierta principal. Se llevaban muy bien y aquella guarida siempre estaba ocupado por visitantes inoportunos que iban a nutrirse de alguna razón para luego masturbarse. Ella acostumbraba andar en bata de casa muy transparente por el exceso de millaje y dejaba escapar sin pudor la oscura aureola de sus pezones. Amén del provocativo escote que siempre resaltaba en todas sus prendas, y aquellas enormes tetas que podían amamantar a toda la tripulación sin agotarse. No era bonita de rostro, pero ese detalle carece de interés cuando se pasa el límite de una semana de navegación.
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