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Húndanse solos

En los últimos años ha surgido un grupo de politólogos y cubanologos – dentro y fuera de Cuba – para quienes el tema de la emigración se ha convertido en una pesadilla. No desaprovechan el menor espacio, sobre todo si es laical,  para  exponer sus  febriles teorías acerca de un tema tan sensible.

Si en algo coincido con ellos es cuando afirman que  la emigración cubana no ha sido un fenómeno que se inició el 1 de enero de 1959. Durante las postrimerías del siglo XIX y en los albores del  XX, muchos cubanos salieron  de su patria  con motivo  de la Guerra de Independencia y sus ulteriores efectos.  La casi totalidad de esa emigración se  estableció en Estados Unidos, particularmente en el sur de la Florida.

Pero hay un detalle que diferencia a  ambas emigraciones.  En el siglo XIX Cuba era una colonia de España y los cubanos no habían alcanzado la condición de ciudadanos.   Los éxodos  más recientes, es decir aquellos que se produjeron a partir del triunfo de la revolución castrista estuvieron constituidos por individuos previsiblemente libres,  favorecidos  por   todas  las prerrogativas derivadas de su condición de seres humanos, amparados por numerosos tratados, convenios y declaraciones internacionales relativas al tema migratorio. Individuos que decidieron soberanamente su futuro y el de sus seres queridos.

No es cierto que la primera masa de  emigrados cubanos estuvo integrada exclusivamente por funcionarios y colaboradores  del  depuesto régimen del  General  Fulgencio Batista. Esa es una de las numerosas calumnias con las cuales se ha pretendido restar prestigio y pureza a lo que hoy se conoce como “exilio histórico”.

Las primeras oleadas de emigrantes  cubanos estaban   formadas, también,  por  profesionales de todas las disciplinas, obreros calificados, empresarios,  amas de casa, desilusionados  simpatizantes de la revolución  e incluso religiosos y religiosas deportados a España en el barco Covadonga  en septiembre de 1961. Ese fenómeno se produjo mucho antes de que el Congreso de Estados Unidos  aprobara  el 2 de noviembre de 1966 la Ley Publica 89-732 popularmente conocida como “ley de ajuste cubano”.

De haberse quedado en Cuba, ¿cuál habría sido el destino de centenares de propietarios de  negocios arbitrariamente confiscados por el régimen castrista? ¿Qué perspectivas se le presentaban  en aquellas circunstancias?  

Un acercamiento elemental a la emigración cubana de las últimas décadas no puede agotar una realidad incuestionable cuya profundización nos conduce a una conclusión desgarradora:   el éxodo fue una  arteria abierta en el corazón de la patria.  Cuba perdió la posibilidad de contar con el aporte de ciudadanos honestos, altamente calificados,  de un talento a toda prueba y con un probado compromiso social. Ciudadanos que no han renunciado a su condición de cubanos aun en las terribles circunstancias derivadas de no haber podido estar presentes en el funeral de un ser querido, la fiesta de cumpleaños de un hijo o el bautizo de una sobrina, una colosal tragedia humana directamente provocada  por  una brutal  ideología.

Numerosos cubanólogos han estudiado el tema de Cuba y su diáspora  y le han dado las más disímiles interpretaciones,  yendo desde la  insolente  descalificación a los emigrados  hasta  las más recientes fantasías filosóficas con las cuales se pretende convertir al exilio cubano en  potencial  aliado y puntal financiero de la tiranía a partir de adulterados presupuestos familiares y de conciencia.

No es legítimo utilizar al exilio cubano para apuntalar a un régimen que se desmorona,  que ha perdido el sometimiento de sus súbditos y  el  respaldo  de la comunidad internacional democrática.

No tengo el propósito de satanizar ni descalificar a los cubanos que viajan a la Isla por motivos estrictamente familiares o a aquellos que envían dinero, comida, ropas y medicinas en un intento por mitigar las  difíciles condiciones de sus seres queridos. Se trata de un principio primordialmente humano, característico del pueblo cubano. 

Lo que si resulta censurable y difícil de aceptar es  la idea sustentada por  ciertos politólogos y cubanólogos acerca  del  papel  que puede  desempeñar el exilio  en el desarrollo de la economía cubana,  aprovechando las recientes  “aperturas” promovidas  por el régimen castrista.

Tratan de simplificar nuestra tragedia para convertirla en un tema  únicamente económico obviando, deliberadamente,  su trasfondo humano y pretenden que por “la buena voluntad” de la tiranía todos los cubanos alcancen la prosperidad y el bienestar  vendiendo empanadas, reparando bicicletas o  sirviendo de payasos.

Las  propuestas  formuladas hasta ahora evaden un detalle a mi juicio esencial:   los cientos de millones de dólares enviados a Cuba desde el exilio no han servido para fomentar un auténtico desarrollo económico y  se han utilizado para favorecer los desatinados  proyectos impulsados por el régimen.  Su destino final ha sido el consumo y no  el avance de la riqueza nacional.  La atención excepcional que ahora se brinda al rol del exilio en un tema  que  desborda  sentimientos  de todo tipo responde al deseo de perpetuar al régimen en el poder.  

¿Por qué ahora se insiste en variar la percepción que por décadas  se tuvo de los exiliados cubanos? ¿Por qué esta  ardiente invocación  a las fraternales reconciliaciones?   Y, sobre todo, ¿por qué  ahora se dejan a un lado las complicidades  académicas y los silencios  intelectuales sobre la catástrofe castrista que ha afectado, desde hace más de medio siglo, a millones de cubanos?  ¿Por qué esa deliberada intención de poner  precisamente ahora en el centro del análisis un factor con una extraordinaria carga sentimental  como son las relaciones humanas y familiares? ¿Nos encontramos frente a una nueva embestida diseñada desde La Habana  por  el Departamento Ideológico del Partido Comunista?

Las razones de esta embestida son múltiples y complejas.  En primer lugar está la voluntad clásica de la pandilla  gobernante cubana – y sus cómplices enmascarados de cubanologos –  de borrar las huellas de sus crímenes y de justificar lo que jamás pudieron ocultar. Obedece, también, al deseo de ganar tiempo y explorar nuevos espacios  ante una eventual catástrofe electoral  de Hugo Chavez en Venezuela sin descartar  los himnos democratizadores  que suenan en el   Oriente cubano,  cuna del castrismo y su probable sepulcro. 

El pueblo va perdiendo el miedo – espero no lo recupere jamás – y se lanza a las calles exigiendo justicia, pan y libertad.  Los jóvenes quieren ser consecuentes con su propio tiempo y no permanecer  encasillados en las consignas. Las mujeres defienden como leonas el futuro de sus hijos. Los obreros demandan mejores salarios y sindicatos independientes. 

No son confiables, por tanto,  estas operaciones de contrainteligencia – contrarias a la inteligencia – de los prostituidos intelectuales y académicos cubanos  quienes por años dieron muestras de una ceguera y sordera excepcionales. Ceguera y sordera que se  vio confirmada, casi legitimada,  porque la izquierda internacional  creyó que en Cuba se estaba “construyendo el socialismo” cuando en realidad lo que se hacía era destruir una nación.

Si le quieren abrir una válvula de escape a la dictadura y colocar una máscara de oxígeno a los  restos de aquel sistema vandálico y homicida  les recomiendo que no la busquen en el exilio.  No nos vengan ahora con la vieja  receta   de la reconciliación y el olvido luego de habernos maltratado y vilipendiado. No traten de confundirnos con sus retorcidas iniciativas encaminadas a prolongar nuestro destierro y el sufrimiento de nuestros compatriotas en la Isla.

Húndanse solos y alcancen,  con la poca  dignidad que les queda,  la meta expresada  por ese otro compinche conocido  como el cantautor Silvio Rodríguez: “Yo me muero como viví”

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